Los gobiernos necesitan oxígeno. Algunos lo consiguen con crecimiento económico. Otros, con seguridad. Y algunos, simplemente, esperan a que ruede un balón.
En las circinstancias actuales, el Mundial de fútbol puede convertirse en el mejor aliado político de Claudia Sheinbaum. No porque resuelva los problemas del país, sino porque los pone en pausa.
Durante unas semanas México dejará de hablar de violencia, corrupción, déficit económico o crisis institucional para discutir alineaciones, jugadas exquisitas y arbitrajes. Los mexicanos entraremos en suspensión emocional.
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El fútbol tiene una virtud que la política envidia: produce comunidad instantánea. Millones de personas que no coinciden en casi nada se abrazan por un gol. El himno nacional frente a una pantalla o, mejor aún, en el estadio, genera más unidad que decenas de discursos presidenciales. Mientras juega la Selección, la patria se encarna en una camiseta.
Los políticos de todo el mundo entienden perfectamente ese mecanismo. Desde hace décadas, el espectáculo deportivo sirve para bajar la temperatura pública. No elimina los problemas, pero reduce temporalmente la presión social.
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Roma tenía gladiadores. México tiene transmisiones patrocinadas, mesas de análisis y repeticiones en alta definición.
Sheinbaum podría beneficiarse incluso sin intervenir demasiado. Basta con acompañar el entusiasmo colectivo, aparecer en el momento adecuado y no romper la atmósfera festiva. De hecho, bajó el balón con destreza al negarse a ir al estadio y optar por seguir los partidos desde el Zócalo. Ahí juega de local, controla todo.
Se evitará el bochorno de recibir una rechifla en un estadio donde se encuentra la clase media y la clase alta. Y al mismo tiempo, enarbolará su cercanía con el pueblo. Ella no va a un palco en el estadio, le basta el Zócalo. Pocos jefes de Estado han logrado superar la prueba del estadio en los mundiales. En el estadio, la gente chifla y ella evitó sagazmente una situación incómoda.
Durante un mes el balón gobierna. Hay algo profundamente revelador en todo esto. México desconfía de sus instituciones, sospecha de sus políticos y critica ferozmente a sus gobernantes, pero sigue creyendo, torneo tras torneo, en una Selección que casi siempre termina decepcionándolo.
Por supuesto, el efecto tiene fecha de caducidad. Cuando termina el Mundial, al país regresan la violencia, la inflación, los pendientes fiscales y las disputas políticas. La resaca pública suele ser proporcional a la euforia previa. Ni un quinto partido tapa una crisis indefinidamente. Eso sí, mientras dura el torneo, el poder se toma un respiro. Claro que hay una variable clave: el primer partido.
Si México pierde frente a Sudáfrica, la propiedad anestésica del mundial quedará gravemente disminuida. Pero el Mundial también entraña un riesgo político. El mundo estará mirando a México. Una manifestación estridente, un inicidente violento, un accidente grave debilitaría la reputación del gobierno.
¿Por qué creen que intentaron suspender clases durante el Mundial? No, no fue una ocurrencia. En cualquier caso, le deseo lo mejor a nuestro país y a nuestra selección. No quiero ser profeta de tempestades.
(Héctor Zagal y Luis Manuel Gómez, coautores de este artículo, conducen el programa de radio “El Banquete del Dr. Zagal” en MVS 102.5 todos los sábados a las 17:00 y los miércoles a las 21:00. Ambos son profesores de Filosofía en la Universidad Panamericana)
