Hoy celebraremos en mi casa el Día de las Madres. Habrá paella y cochinita pibil. Todo comprado. Nadie quiere pasar la jornada entre cazuelas, grasa y montañas de trastes sucios. Usaremos platos desechables para ensuciar lo menos posible la cocina. Nunca salimos a restaurantes el 10 de mayo. La Ciudad de México enloquece. Filas eternas, tráfico insoportable, meseros agotados y familias irritadas que pretenden demostrar cariño a codazos. Las mujeres de mi familia tampoco son particularmente afectas a esta celebración. Desconfían un poco de las fechas obligatorias. Pero cualquier pretexto sirve para sentarse a la mesa y conversar larga y amablemente.
Mientras medio México compra flores y globos metálicos, algunas madres buscan a sus hijos. Son mujeres que dejaron atrás la vida ordinaria y aprendieron a reconocer terrenos removidos, huesos calcinados y olores de muerte. Cambiaron las recetas de cocina por fotografías de desaparecidos. Salen al monte armadas con picos, palas y esperanza. A veces encuentran apenas un zapato. O un fragmento de tela. En México, muchas madres ya no esperan justicia. Se conformarían con recuperar un cuerpo para enterrarlo.
Pienso también en las madres ancianas. Las que envejecieron criando hijos y terminaron convertidas en “estorbo”. Hay abandonos discretos. Hijos que llaman una vez al mes. Hijos que pagan una residencia y creen haber cumplido. Hijos que ya no soportan escuchar la misma historia repetida tres veces. La ingratitud suele llegar en voz baja.
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Pienso en las madres de migrantes. Ellas vieron partir a sus hijos hacia Estados Unidos, porque aquí el trabajo digno se volvió privilegio. Mujeres que aprenden geografía del dolor: Arizona, Texas, California. Esperan llamadas breves y remesas insuficientes. Muchas viven pendientes del teléfono. Una llamada puede anunciar empleo; otra, una deportación o una tragedia.
Pienso en las madres trabajadoras. Las que pasan más tiempo en el transporte público que sentadas con sus hijos. Las que regresan exhaustas y todavía revisan tareas, preparan uniformes y hacen cuentas para que alcance el dinero. El cansancio también educa.
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Pienso en las madres solteras. Mujeres abandonadas por hombres que confundieron deseo con responsabilidad. Hay varones que desaparecen apenas escuchan la palabra pañales. Ellas permanecen. Trabajan, cuidan, resuelven y siguen adelante aunque el miedo les apriete el pecho a final de mes.
Pienso igualmente en las madres golpeadas, humilladas o acosadas. En las que viven bajo amenaza dentro de su propia casa. Hemos sofisticado el lenguaje público sobre la violencia, pero la brutalidad sigue instalada en la vida cotidiana. Pienso en las madres que temen salir a la calle, porque ahí roban, acosan, matan.
Y después de pensar en todas ellas, vuelvo a mi madre. Vive. Tengo la fortuna de convivir con ella todos los días. Le debo aficiones que me acompañarán hasta la muerte. Gracias a ella descubrí las novelas latinoamericanas, el arte virreinal, los tamales norteños y el mole poblano. No es poca herencia. Hay quienes heredan fortunas; yo recibí el gusto por ciertas conversaciones, ciertos sabores y ciertos libros. Pero sobre todo, recibí amor.
Héctor Zagal
@hzagal
(Héctor Zagal, autor del artículo, profesor de la Facultad de Filosofía, conduce el programa de radio el programa en MVS 102.5 todos los miércoles a las 21:00 y todos los sábados a las 17:00)
