OPINIÓN HÉCTOR ZAGAL

Huevitos de Pascua

El conejo dejó huevitos de chocolate detrás de los sillones.

Los huevitos de Pascua, por supuesto, no nacieron en un supermercado.
Los huevitos de Pascua, por supuesto, no nacieron en un supermercado.Créditos: Canva.
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Mis sobrinas no tardan en llegar a casa. Sé que vendrán con emoción y prisas al saludar porque saben que el conejo dejó huevitos de chocolate detrás de los sillones, junto a las macetas o en rincones que los adultos fingimos no haber visto ya. La escena es encantadora, aunque importada.

Encantadora, porque pocas cosas producen tanta alegría como un niño convencido de que el jardín fue bendecido por la repostería. Importada, porque en México no solemos organizar grandes rituales de Pascua; lo nuestro ha sido, tradicionalmente, la dolorosa Semana Santa. 

Los huevitos de Pascua, por supuesto, no nacieron en un supermercado. El huevo era ya, en tradiciones paganas, un símbolo de primavera, fertilidad y regeneración. El cristianismo hizo lo que tantas otras veces y no destruyó el símbolo popular, sino que lo ‘bautizó’. El huevo pasó a leerse como emblema de la Resurrección. Además, durante la Edad Media, la Iglesia prohibía comer huevos el viernes santo, pero las gallinas, poco enteradas del calendario litúrgico, seguían poniendo, y hubo que identificar esos huevos “de la Semana Santa”, decorarlos y reservarlos.

La costumbre de pintarlos y adornarlos está documentada al menos desde el siglo XIII. Luego vino el conejo, un animal de fertilidad primaveral reciclado por la imaginación cristiana de los protestantes europeos en el siglo XVII, y que luego por la industria del azúcar se apropió al transformar los huevos a chocolates. 

Lo curioso es que en un país como México, tan propenso a ponerle música, comida, cohetes y plaza pública a cualquier fecha del calendario, la Pascua no haya desarrollado, propiamente, una gran liturgia festiva. En Estados Unidos y en buena parte del norte de Europa, la Pascua se secularizó. En México, en cambio, la modernidad no logró desplazar del todo el dramatismo de la Semana Mayor. Quizá tenga que ver con nuestra educación católica barroca, más amiga de la pasión y del duelo ritual que de los jardines ingleses con chocolates y conejos. 

En fin. Mis sobrinas llegarán, encontrarán sus huevitos, los romperán con la impiedad propia de la infancia y darán por buena la tarde. Y yo, mientras las vea correr entre sillones y macetas, pensaré en cómo en un país donde casi todo acaba vuelto fiesta, la Pascua sigue siendo, más bien, un eco discreto detrás de la penitencia de Semana Santa. Quizá por eso mismo resulta tan agradable prestar la casa, por unas horas, a esa costumbre importada. No porque nos falte alegría, sino porque nunca estorba una más.

(Héctor Zagal y Luis Manuel Gómez, coautores de este artículo, conducen el programa de radio “El Banquete del Dr. Zagal” en MVS 102.5 todos los sábados a las 17:00 y los miércoles a las 21:00. Ambos son profesores de Filosofía en la Universidad Panamericana)