Hoy, 8 de marzo, quizá convenga mirar la mitología griega sin la acostumbrada pátina de mármol blanco. Estamos acostumbrados a admirarla como un museo de dioses, héroes y metáforas eternas; menos veces nos dijeron que también funciona como archivo de miedos.
Más allá de la discusión del anacronismo que puede desprenderse de una mirada contemporánea a relatos escritos hace más de dos mil años, una y otra vez, la mitología griega convierte a las mujeres en castigo, botín, pretexto de guerra o cuerpo sobre el que otros deciden.
Según Hesíodo, Pandora fue la primera mujer y un castigo de Zeus contra los hombres después del robo del fuego. Pandora, llevada por la curiosidad, abre una caja que contiene todos los males. No hace falta demasiada hermenéutica para notar cómo el relato de origen ya coloca a la mujer del lado de la calamidad.
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El rey de los dioses tampoco ayuda. Zeus, que se presenta como padre del orden cósmico, pasa buena parte de la mitología acumulando relaciones no consensuadas. Europa es raptada por un toro blanco que resulta ser Zeus disfrazado; Io es transformada en vaca para ocultarla de Hera; Leda es seducida por él en forma de cisne.
Lo notable, más allá de la violencia de los episodios, está en el modo en que el relato la normaliza y narra cómo el
deseo masculino, cuando viene de arriba, se vuelve destino. Perséfone es raptada por Hades, dios del inframubdo, con el consentimiento de Zeus. Casandra, que rechaza Apolo, es condenada por este dios a predecir con verdad que
nadie llegue a creerle.
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Filomela es violada por Tereo, quien luego le corta la lengua y encierra en el bosque para impedir que denuncie el crimen. Estas últimas tienen algo dolorosamente moderno. A una se le niega credibilidad; a la otra se le arranca la voz. La mitología griega, que tantas veces se celebra por su profundidad psicológica, supo imaginar con precisión dos mecanismos muy conocidos de la violencia contra las mujeres.
Ni siquiera las mujeres poderosas escapan del todo. Aunque Hera es soberana del Olimpo, una parte considerable de su fama mítica se reduce a celar y perseguir a las amantes de Zeus.
Por eso, más que leer la mitología griega como un jardín de símbolos eternos, convendría leerla también como un espejo incómodo de una civilización masculina. Sus mitos pueden ser bellos, pero no conviene que eso distraiga de una narración empapada de
jerarquías, de apropiaciones y de una imaginación que omprimió demasiadas veces a la mujer.
Decirlo hoy no empobrece a Grecia, la vuelve más legible. Un clásico no se honra sólo admirándolo, sino aprendiendo a discutirlo de frente.
(Héctor Zagal y Luis Manuel Gómez, coautores de este artículo, conducen el programa de radio “El Banquete del Dr. Zagal” en MVS 102.5 todos los sábados a las 17:00 y los miércoles a las 21:00. Ambos son profesores de Filosofía en la Universidad
Panamericana)
