Antes de venir a la Ciudad de México, los Reyes Magos deberían bajarse una app de alerta sísmica. Hace un par de días mientras medio país apenas descorchaba el 2026, la tierra volvió a recordarnos quién manda: un sismo de magnitud 6.5, con epicentro en Guerrero, activó la alerta y sacó a muchos de la cama. Lejos estuvo de ser un temblor con las consecuencias de otros que ha habido en México, pero las afectaciones siempre son lamentables. Muchos pensarían que los Reyes Magos tendrían la tentación sería dar la media vuelta y llevar los regalos a un país menos inquieto. Pero, si algo distingue a estos personajes, es la necedad de la esperanza. Ni Herodes los detuvo; no los va a detener una falla geológica.
Solemos olvidar que los Reyes Magos son, desde el principio, extraños. El Evangelio no dice que fueran reyes ni que fueran tres, ni cómo se veían. Habla de “sabios venidos de Oriente”, astrónomos o astrólogos que hacen las maletas y cruzan medio mundo para conocer a un niño. La tradición se encargó del resto: los coronó, les asignó nombres, continentes y hasta rango diplomático.
El barroco novohispano los entendió bien. En la colección de la Universidad Panamericana, por ejemplo, Luis Manuel Gómez y yo descubrimos dos pequeños óleos anónimos de principios del XVIII que, a primera vista, parecen una excentricidad: El bautismo de los Reyes Magos y La primera comunión de los Reyes Magos (así aparece catalogado, pero consideramos que más bien se trata de su consagración sacerdotal). Son dos piezas de gran importancia en el arte novohispano. Al día de hoy, no hemos encontrado ningunas similares en el país.
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No se conforman con mostrarlos arrodillados ante el pesebre; los ponen haciendo fila para los sacramentos, como cualquier parroquiano de barrio. Mi hipótesis sobre esos cuadros es que, así como estos reyes, ya bautizados y comulgados, conservan su corona, así también la nobleza indígena bautizada conservaba, al menos simbólicamente, su dignidad y su autoridad. Estos cuadros eran un menaje se la nobleza indígena, especialmente de la tlaxctalteca, a la Corona Española: “nosotros, ya bautizados” seguimos siendo los señores de esta tierra.
Con sacramentos o sin ellos, los Reyes Magos se preparan para visitarnos. Mientras los adultos contamos réplicas y revisamos la instalación del gas, los niños cuentan horas: falta pulir la carta, elegir la rosca, cruzar los dedos para que el presupuesto de Melchor aguante la inflación de los juguetes. Los memes del temblor circulan junto a los TikToks de “cómo envolver un regalo con una bolsa del súper”.
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De ahí la imagen entrañable: los Reyes, un poco asustados por la alerta sísmica, pero cumpliendo la ruta. Tal vez le piden a la estrella que haga una pequeña pausa mientras Protección Civil termina los recorridos; quizá cambian de azotea si ven una grieta sospechosa. Pero vuelven, una y otra vez, a esta ciudad que tiembla y, sin embargo, saca roscas gigantes al Zócalo.
Tembló. Nos asustamos, se asustaron los Reyes. Pero, al final, la cabalgata no se cancela. Cambian las magnitudes, los protocolos, los precios de la rosca; permanece esa terquedad de la generosidad que, cada 6 de enero, insiste en dejar algo junto a la cama. Y quizá ésa sea la mejor noticia para un país sísmico: que, aunque la tierra se mueva, la estrella no se cae del cielo.
(Luis Manuel Gómez y Héctor Zagal, coautores de este artículo, son co-conductores del programa “El Banquete del Dr. Zagal, todos los miércoles a las 21:00 y los sábados a las 17:00 en MVS 102.5)
