El puerto, finalmente repleto -la mayor ocupación desde 2019-, dormía intentando recuperar el sueño perdido por las fiestas de Año Nuevo: el concierto de Miguel Bosé en el estadio de tenis, donde —con Otis todavía en la memoria— dedicó así su icónica canción: Acapulco, pase lo que pase, siempre Te amaré; el palomazo de Mijares en el Baby’O, donde todos los que estaban fueron por un momento soldados del amor; los fuegos pirotécnicos sobre la bahía más bella del mundo, adornada por el buque escuela Cuauhtémoc en primera fila, apenas repuesto, iluminado, ya en casa.
Un par de minutos antes de las ocho de la mañana, trescientos mil corazones dieron un vuelco.
Aquí no hubo tiempo para la letanía del rito capitalino: “está temblando, sí, mira la lámpara, creo que ya está pasando… no, sigue temblando”. No hubo quien dijera: “yo no lo sentí”. El terremoto nos hizo saltar, gritar, correr e intentar comprender lo que estaba ocurriendo, todo al mismo tiempo.
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En tiempo récord las familias se concentraron en la planicie más cercana: niños llorando, perros nerviosos, gente en piyama o pudorosamente envuelta en una toalla. Conocidos y desconocidos comentando el suceso, compartiendo el sustazo. Más que trepidatorio, fue algo parecido a una licuadora gigante, con el estruendo de la tierra crujiéndole las entrañas. Para muchos -me sumo- el sismo más violento jamás experimentado.
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Los costeños, acostumbrados al rugido del mar, calmaban a los chilangos, que sin querer reabrían la herida eterna del 85. Fue de 6.5, con epicentro en San Marcos, repetíamos como queriéndonoslo explicar. No sabíamos entonces que ese pueblo quedaba a setenta kilómetros al sur, en la Costa Chica. Tampoco que desde ahí había llegado El gran desastre en Acapulco, como tituló el cronista del puerto y guerrerense distinguido Rosendo Pintos Lacunza, su texto sobre el terremoto de 8 grados que azotó Acapulco el domingo 14 de abril de 1907, cerca de la medianoche: ese que dicen duró cinco minutos infernales; ese que provocó un tsunami devastador cuando la palabra aún no existía en el vocabulario local, como tampoco los hoteles ni los condominios altos; ese que obligó a sus cinco mil habitantes a dormir en petates, a la intemperie, y que —como si los rezos hubieran sido escuchados— no dejó ni una pérdida humana.
Esta vez, por la corta duración y no por la intensidad, tampoco hubo mucho que lamentar: grietas en muros y en la arena de alguna playa; copas, platos, botellas, cuadros y adornos en el suelo, hechos trizas; rocas deslavadas obstruyendo la carretera escénica y la autopista; fugas de gas controladas a tiempo; más de quinientas réplicas que siguen cimbrando los cristales —y a nosotros con ellos—. Se agradece que haya sido de día, y no con los jóvenes abarrotando las discotecas.
La naturaleza enviando un mensaje de inicio de año.
Recordándonos nuestra fragilidad. Que hay que tener un kit y un protocolo de emergencia.
Que no hay tiempo que perder en este mundo que va a la velocidad del rayo, que la vida es prestada y que, en un instante, todo cambia.
Que la tierra sigue viva. Y que es ella siempre quien manda.
