Una semana más y las temperaturas siguen bajas en la Ciudad de México, aunque es verdad que poco a poco se van templando. De cualquier modo, hace el frío suficiente como para que yo me siga acordando de Groenlandia.
En la entrega pasada hablábamos de que Groenlandia es un territorio autónomo dentro de Dinamarca, tiene parlamento, gobierno propio, derecho a decidir su independencia y, bajo sus hielos, una combinación peligrosa de rutas marítimas, bases militares estratégicas y minerales sabrosos. Todo lo que hace salivar a un geopolítico y a un desarrollador inmobiliario, ahora imagínense si son ambas. En el hipotético de que algún gobierno del mundo quisiese apropiársela, ¿qué tendría que hacer?
Copenhague ha dejado claro que Groenlandia no está a la venta. Sabemos también que desde la Casa Blanca no hay intención de invadir militarmente el territorio, o por lo menos eso dijo el presidente estadounidense en el Foro Económico Mundial.
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Ahora bien, si uno se pone creativo y piensa más como vendedor de franquicias que como diplomático, aparece otra ruta: no comprarle la isla a Dinamarca, sino convencer a los groenlandeses de que se independicen… y luego “invitarla” a ser un nuevo estado de la Unión Americana. El guión podría empezar con un emisario muy sonriente que aterriza en Nuuk con una propuesta simple:
–“Queridos amigos Kalaallit, ¿no les gustaría ser un país independiente de verdad, sin daneses diciéndoles qué hacer? Nosotros, por supuesto, respetamos su derecho a decidir. Ahora bien, una vez independientes… ¿no considerarían ustedes hacer un referéndum para anexarse a Estados Unidos como un estado más?”
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Hasta ahí, puro argumento político. Pero la imaginación, ya que estamos, puede ser menos udorosa. Supongamos que el emisario añade el pequeño detalle:
–“Y para demostrar nuestra buena voluntad democrática, ofrecemos un incentivo simbólico: un millón de dólares por persona que vote a favor de la anexión. Nada espectacular. Apenas una muestra de aprecio”.
Groenlandia tiene unos 57 mil habitantes. Un millón por cabeza serían 57 mil millones de dólares. En términos del presupuesto estadounidense, es caro, pero no tanto como suena. Es más o menos el precio de un gran rescate financiero a los que no son ajenos en Washington, uno de esos gastos que cabe como paquete extraordinario.
Y, a nivel individual, aceptémoslo: un millón de dólares en la cuenta suena jugoso. Lo suficiente para mirar el mapa y pensar: “pues igual no está tan mal ser parte de Estados Unidos mientras no nos cambien el nombre de Nuuk a ‘Trumpland’ o algo así”.
¿Absurdo? Claro. ¿Cínico? También. ¿Imposible? A estas alturas estamos cualquier sorpresa pueda salir de la Casa Blanca. El futuro de Groenlandia se sigue escribiendo y vive un invierno político más que uno meteorológico. Entre tanto, nosotros en Ciudad de México seguimos quejándonos del frío y por mi parte espero que pronto suban las temperaturas para dejar de andar pensando en Groenlandia.
@hzagal
(Héctor Zagal y Luis Manuel Gómez, coautores de este artículo, conducen el programa de radio “El Banquete del Dr. Zagal” en MVS 102.5 todos los sábados a las 17:00 y los miércoles a las 21:00. Ambos son profesores de Filosofía en la Universidad Panamericana)
