A veces contamos la historia del Titanic como si hubiera sido víctima de un solo enemigo claro: un iceberg puntual, malvado y bien colocado. Pero si uno revisa con calma, lo que se hunde el 14 de abril de 1912 no es sólo un barco: es la ilusión de que tenemos todo bajo control. El operador lo presentaba como “prácticamente insumergible”, los periódicos repetían la frase, los pasajeros de primera clase se paseaban confiados por la cubierta. La tecnología parecía haber domesticado al Atlántico.
Y, sin embargo, el naufragio fue una coreografía de decisiones humanas. El barco navegaba a casi velocidad máxima en una zona con hielo reportado, porque era “práctica estándar” hacerlo así en buen tiempo y porque llegar unas horas antes lucía bien en los anuncios. La guardia nocturna iba sin binoculares porque el armario donde estaban se había quedado, literalmente, con la llave en otro bolsillo. Las regulaciones de la época permitían que una nave de ese tamaño llevara un número ridículo de botes. El Titanic cumplía la norma, pero era incapaz de evacuar ni a la mitad de los pasajeros; alguien había decidido que abarrotar la cubierta de lanchas arruinaba la vista y era innecesario para un barco casi “a prueba de hundimientos”.
Todo funcionaba “dentro del estándar”. Nadie en la línea naviera se levantó un día diciendo: “vamos a hacer algo mortalmente irresponsable”. El problema fue la suma. La investigación posterior habló justo de eso: velocidad excesiva en zona de hielo, vigilancia insuficiente, confianza desmedida en la técnica, falta de preparación para la evacuación. No hubo “una” causa, sino un rosario de pequeñas concesiones al optimismo.
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Lo inquietante del Titanic no es que se hundiera un barco, sino que reconocemos el patrón. Le pasa a empresas, le pasa a gobiernos, le pasa a familias. Nos acostumbramos a vivir un poquito al límite porque “nunca ha pasado nada”. Normalizamos el riesgo. Si no estalla hoy, debe ser que todo está bien. Si ya lo hicimos así diez veces, ¿por qué la onceava sería distinta?
En esto pensé cuando hace un par de días vi la noticia de la explosión en Paseos de Tasqueña, Ciudad de México. Hubo heridos, daños estructurales y vecinos desalojados a toda prisa. Las autoridades hablaron, otra vez, de revisar instalaciones, de prevención, de la obligación compartida de mantener en buen estado los sistemas de gas.
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¿La causa? Oficialmente, acumulación de gas. Pero esa frase, por sí sola, dice poco. Detrás suele haber una cadena de “detallitos”: una fuga mínima que nadie atendió, una estufa mal instalada, una manguera vieja que se dejó “para después”, un olor que alguien atribuyó a otra cosa, una revisión que se pospuso porque no había tiempo, ni ganas, ni presupuesto. ¿Será así ¿O fue algo completamente accidental.
A fin de cuentas, ni el Titanic se hundió por un único golpe de hielo, ni los edificios se caen por un solo chispazo aislado. Es la suma de descuidos lo que acaba haciendo de iceberg o de chispa. Y ésa, quizá, es la moraleja menos solemne y más urgente: antes de reírnos del capitán del Titanic desde la butaca del cine, convendría preguntar cuántas pequeñas cosas creemos tenemos “bajo control”.
(Héctor Zagal y Luis Manuel Gómez, coautores de este artículo, conducen el programa de radio “El Banquete del Dr. Zagal” en MVS 102.5 todos los sábados a las 17:00 y los miércoles a las 21:00. Ambos son profesores de Filosofía en la Universidad Panamericana)
