En una industria donde las historias del narcotráfico suelen romantizarse, el testimonio de Pedro, hijo del fallecido capo Ezequiel Cárdenas Guillén, alias "Tony Tormenta", llega para romper el guion. En una entrevista para la serie Penitencia, el hoy recluido revela cómo la violencia no fue una opción, sino una herencia que recibió junto con su primera arma a los 14 años.
Infancia y violencia: El día que el afecto se convirtió en golpes
Crecer como el hijo de uno de los líderes más temidos del Cártel del Golfo no significó privilegios, sino una distorsión total del afecto. Pedro confiesa que, en su entorno, el amor se manifestaba a través del dolor.
- Normalización del abuso: Para él, los golpes de su madre eran la única forma de atención que conocía, al grado de asociar el maltrato con el cariño.
- El bautizo de fuego: A los 14 años, el encuentro con su padre no fue un abrazo, sino la entrega de una pistola. Tres días después, Pedro ya cargaba con su primer homicidio.
De recluta a jefe de plaza: El ascenso de Pedro en el Cártel del Golfo
A los 21 años, Pedro ya operaba como jefe de plaza en Acapulco, una posición de poder que lo llevó directamente al abismo. Su relato sobre la captura y tortura que sufrió es, probablemente, uno de los momentos más densos de la entrevista:
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"Viví 45 días de tortura extrema. Me destrozaron las manos y me dejaron una bala en la cabeza que aún llevo conmigo".
A pesar de haber escalado en la estructura criminal y de haber intentado implementar un código tipo "Robin Hood" en sus zonas de control, la realidad del sistema y la guerra entre cárteles terminaron por pasarte factura, dejándole secuelas físicas y psicológicas imborrables.
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¿Redención o miedo?: El hijo del capo que hoy estudia teología en prisión
Lo que hace único el perfil de Pedro es su dualidad. Mientras operaba en el mundo del crimen, estudió teología y soñaba con ser pastor. Esta contradicción moral lo acompaña hasta hoy en su celda, donde reflexiona sobre su detención actual, derivada de un enfrentamiento con el gobierno de Quintana Roo tras la desaparición de su hermana.
¿Qué sigue para él? Pedro es honesto: el miedo no es a la cárcel, sino a la libertad. Teme que el "monstruo" que crearon desde su infancia vuelva a salir y termine lastimando a sus propios hijos.
