El cosmos nos ha enviado un mensajero de tiempos inmemoriales. El cometa 3I/ATLAS, el tercer objeto interestelar identificado cruzando nuestro Sistema Solar, se ha consolidado como una pieza clave para entender los orígenes del universo.
Según estudios recientes liderados por el Centro de Vuelos Espaciales Goddard de la NASA, este cometa tiene una edad estimada de 12 mil millones de años.
Esta cifra lo sitúa apenas por debajo de la edad de la Vía Láctea, lo que plantea una hipótesis fascinante: el sistema estelar donde se formó 3I/ATLAS podría ya no existir, convirtiendo al cometa en un "registro natural" de las primeras etapas de nuestra galaxia.
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El papel del Telescopio James Webb y la Misión Juice
Para precisar su antigüedad, los científicos analizaron la composición química del objeto, centrándose en los isótopos de carbono e hidrógeno. Estos datos, obtenidos gracias al Telescopio Espacial James Webb, indican que el cometa nació en una región remota y extremadamente fría de la galaxia.
Por otro lado, la misión Juice de la Agencia Espacial Europea (ESA), lanzada originalmente para explorar Júpiter, aprovechó su trayectoria para estudiar al cometa. En noviembre de 2025, tras el paso de 3I/ATLAS cerca del Sol, Juice activó sus instrumentos revelando datos sorprendentes:
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- Emisión de vapor: El cometa libera cerca de 2,000 kilogramos de vapor de agua por segundo, lo equivalente a llenar 70 piscinas olímpicas cada día.
- Origen del gas: Gran parte del vapor no proviene del núcleo, sino de partículas de polvo congelado que lo rodean.
- Extensión masiva: Se detectó una nube de gas y polvo (coma) que supera los 5 millones de kilómetros de extensión.
Cometa 3I/ATLAS: Comportamiento y Defensa Planetaria
A pesar de su origen exótico y su velocidad de 58 kilómetros por segundo, el 3I/ATLAS se comporta de manera similar a los cometas locales, presentando una coma visible y dos colas bien definidas.
Más allá del interés científico, las observaciones realizadas tras su acercamiento a Júpiter el 16 de marzo de 2026 han permitido refinar los cálculos de su trayectoria. Estos avances son fundamentales para la defensa planetaria, demostrando la capacidad de las misiones espaciales para monitorear objetos interestelares que son difíciles de detectar desde la Tierra.
