OPINIÓN SERGIO ALMAZÁN

El entretenimiento y las multitudes

El futbol es un deporte que nació en la calle, sobre todo en los barrios marginales, donde se ensayaba la pertenencia al grupo, a la pandilla, a la banda.

El futbol es un deporte que nació en la calle.
El futbol es un deporte que nació en la calle.Créditos: Canva.
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El futbol es un deporte que nació en la calle, sobre todo en los barrios marginales, donde se ensayaba la pertenencia al grupo, a la pandilla, a la banda. Pero el éxito sociológico de la cohesión identitaria provocó que las instituciones oficiales, las comerciales e incluso el propio Estado le arrebatara todo lo perteneciente a su origen y destino para convertirlo en una empresa multitudinaria de hacer dinero, entretenimiento y reforzamiento machista sistémico.

Como ocurre con todo aquello que crea la sociedad civil para su placer, cuando llega a manos de un aparato ideológico, económico y oficial se convierte en un derecho privativo que selecciona, lucra y se apropia de lo que era por antonomasia del pueblo. Hace mucho que el futbol dejó de ser del pueblo y se convirtió en una industria de unos cuantos poderosos que imponen sus leyes más allá de las propias de cada país.

Para hacer del deporte más popular del mundo, en la máquina generadora de dólares más poderosa del sistema financiero global,
expulsando al público que garantiza su consumo a mirarlo desde un aparador, una pantalla de un monitor o escuchar la narración desde una plataforma digital. 

Lo que ha sucedido con este Mundial de Futbol en México es un fenómeno incontrolable, impensable y un revés para la industria futbolera internacional que no vio medir el poder de la calle. Las diversas cifras récord de asistencia en el espacio público de las y los aficionados que no llenaron estadios sino avenidas, plazas públicas y calles le devolvieron la esencia del balompié que son las favelas, la marginalidad de origen donde se construye la pertenencia, la identidad, la comunidad, el ritual del caos que nos describió Carlos Monsiváis como antropología social del mexicano.

La inaccesibilidad y propiedad privada con exclusión que organizó la Federación y el Estado de los tres países sedes de este Copa Mundial parecían controlar una industria que proyectó ganancias por 13 mil millones de dólares y exentar los pagos de impuestos derivados de la venta de boletos, derechos y patrocinios, es decir se plantea como un evasor fiscal global que rompe las reglas del mercado e impone sus leyes comerciales.

Pero, el balón volvió a la calle, con las multitudes que no se conformaron con mirar en sus pantallas o las que el gobierno local colocó en las plazas en los llamados FanFest. El mundial fue bicéfalo, el que organizó la FIFA y el que vive y reinventa la afición en las calles, donde las multitudes marcan las reglas y leyes de pertenencia al deporte y juego que se hizo en el espacio público. Ahí está el verdadero sentido y destino: en la afición, en la colectividad, en el caos de su pasión, los únicos sitios donde no hay maquinaria, economía, industria e ideología que le imponga su mercado.

En el microcosmo de la fanaticada no tienen derecho de robarle y comerciar con su poética de resistencia, de orgullo, de emociones y deseos de ganar algo, en un tiempo donde la inequidad, la violencia y las desigualdades trazan el destino de mucha de esa fanaticada que, tras unas horas, un día, un mes de gesta deportiva volverá a casa con la realidad encima, esperándola para no tener justicia social. 

El futbol de la calle volvió a ella con su más fiel seguidor y audiencia, sin palco reservado, sin exclusión, sin leyes mercantiles, en la más genuina expresión del coro multitudinario de pertenencia: ¿Y, si sí?... Una esperanza profunda y genuina que se responderá en el espacio pública cuando sus héroes salten a la cancha a debatirse las ilusiones de millones con su contrincante. Porque Dios es redondo.

Abramos la discusión: @salmazan71