Es jueves por la noche. México enfrenta a Corea en Guadalajara y en el Zócalo no cabe un alma. Un peregrinaje infinito vestido de verde, con sombreros de charro, cornetas, banderas tricolores y máscaras de El Santo, encarnaba ese país unido que somos capaces de ser durante noventa minutos.
Caminaba en dirección contraria, atenta a mis pisadas entre charcos, bajo el paraguas.
Al doblar hacia la Plaza de Santo Domingo y levantar la vista sentí que, en un instante, había cambiado de planeta. Frente a mí se abría una explanada vacía, libre de puestos ambulantes, sin tiendas de campaña de quienes dicen ser maestros ni grupos que, sospechosos, conspiran en voz baja. Sabía que habían instalado reflectores para iluminar los edificios históricos pensando en los turistas, pero jamás imaginé semejante esplendor. El templo, resplandeciente, se reflejaba en las baldosas mojadas.
A un lado del templo, unos arcos construidos para las Olimpiadas de 1968 ocultan hoy el vacío que dejó hace siglo y medio la antigua Capilla del Rosario, demolida durante las Leyes de Reforma. La leyenda cuenta que, al derribarla, aparecieron varias momias que, tras ser exhibidas por un tiempo al morbo popular, terminaron vendidas a un circo. Con el tiempo se supo que uno de aquellos cuerpos pertenecía nada menos que a fray Servando Teresa de Mier. Cuando Benito Juárez ordenó recuperarlo, el circo ya había abandonado el país. Quién le manda.
Más sorprendente aún que ver la plaza vacía era una figura extraña que me acompañaba en esa soledad, de unos cuatro metros de altura: una silla de bronce rematada en varios de sus extremos con cabezas de perro disfrazadas de payaso, que bien podía haber sido diseñada mano a mano por Dalí y Gaudí. El brillo en algunas partes del metal delataba que estaba ahí para sentarse en ella, y eso hice. Le pregunté a mi teléfono cuál era su historia.
Es una obra del artista surrealista jalisciense Alejandro Colunga dedicada al payaso Bell, un inglés que comenzó a hacer piruetas sobre un pony cuando apenas tenía tres años. Llegó a México siendo niño y trabajó en el Circo Orrin, que a finales del siglo XIX estaba instalado precisamente en el lugar en que me encontraba sentada.
El payaso Bell, me entero, salía a escena con el rostro pintado de blanco, un bigote que le hacía ver gracioso cuando actuaba y distinguido cuando no, vestimenta tan estrafalaria como elegante, y un pequeño perro de ruedas al que arrastraba tras de sí. No solo hacía actos clásicos de payaso —y bien—, también era sobresaliente en pantomima, improvisación, interacción con el público y música. Entre bromas e imitaciones hacía sátira política y, cuentan, conseguía arrancarle carcajadas al propio Porfirio Díaz. Más tarde fundó su propio circo frente a la Alameda, en el lugar que décadas después ocuparía el Hotel del Prado.
Poco antes de que estallara la Revolución partió a Nueva York, donde se enteró de que su casa había sido invadida por revolucionarios; los vagones del circo pasaron de transportar jaulas, tigres, una elefanta que tocaba el piano, carpas, cuerdas, trapecios y juegos de luces a llevar tropas. Bell murió allá apenas dos meses después de partir de México, aunque sus trece hijos volvieron años después a México para continuar la tradición familiar.
Llamo a mi padre. Me cuenta que mi abuelo le hablaba del Circo Bell, allá por los años veinte; que la familia circense había vivido en lo que después sería el restaurante Casa Bell. Que a él ya no le tocó ese circo, sino el Atayde, en Calzada de Tlalpan, y que también vio el de Ringling Brothers en el Auditorio Nacional, con sus tres pistas: la orquesta, los caballos, una motocicleta girando dentro de un aro de metal.
Yo recuerdo el Circo Hermanos Vázquez, instalado cada año frente al Estadio Azteca: los elefantes que temblaban al balancearse sobre diminutos banquitos, el rugido del león que nos hacía contener la respiración. Una acróbata cubierta de lentejuelas girando, suspendida únicamente por el chongo. La red protectora, el olor a paja, las goteras, los enanos y aquella fotografía que nos tomaban y que luego mirábamos dentro de un cubito de plástico que comprábamos a la salida, donde aparecemos con ojos de plato.
Como escribió Alfonso Reyes, todos los circos son una mezcla de miedo y deleite.
El partido de México me regaló inesperadamente este encuentro con una plaza vacía y, al mismo tiempo, rebosante de historia invisible que la imaginación reconstruye con sorprendente facilidad.
Y sí, el futbol termina pareciéndose al circo. Ambos convocan multitudes alrededor de una pista —una de aserrín, otra de pasto— donde unos cuantos desafían lo imposible bajo la mirada de miles que contienen el aliento. Durante un par de horas, la vida cotidiana queda suspendida. Todos miramos hipnotizados hacia el mismo punto, intentando no perdernos ningún detalle de lo que ocurre ahí, ajenos por un rato al mundo real, ese otro donde los malabaristas, funambulistas y trapecistas somos nosotros.
