Cada jueves voy al Centro. Me invento pretextos: enmarcar un cuadro, buscar al señor que arregla plumas fuente en 5 de Mayo, oficio de un pasado lejano. Mandar a hacer tarjetas con los impresores de Santo Domingo, saludar al Cristo del Rebozo y a los frailes, comprar buñuelos en la Dulcería de Celaya, fruta en San Juan y flores en Jamaica.
Y cada jueves tomo fotografías. A la bandera de Campo Marte. A Tláloc y a la reja de antifaces que emula un tzompantli. Al Ángel y a la Diana. A las vallas que ocultan el polémico ahuehuete, tapizadas con rostros deslavados y la leyenda “130 mil desaparecidos”: trece Auditorios Nacionales llenos.
A la niña morada del puño en alto que clama justicia a medio desierto de asfalto, en el punto en que durante casi ciento cincuenta años estuvo Colón, parte indudable de nuestra historia, nos guste o no.Y al edificio de Reforma 300, con todo y su estructura circular suspendida en lo más alto, porque ahí trabajó mi abuelo. A Bellas Artes por ser lo que es. Y al edificio donde estuvo La Nacional, porque ahí se conocieron mis papás.
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A los elevadores de rejilla, a imprentas, retablos y dulces mexicanos.
Fotos y más fotos. Por amor a la ciudad, su historia, su esencia. Para atrapar su identidad y documentar sus cambios. Por gusto o por vicio.
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La semana pasada llegué al número 43 de la calle de la Santa Veracruz, detrás de la Alameda, en la colonia Guerrero. Desde afuera apenas se ve un fragmento de muro rematado por un balcón de herrería oxidada. Alguna vez fue la Casa Requena, una de las joyas del art nouveau mexicano. Construida en el siglo XVIII y transformada a principios del XX, perteneció a José Luis Requena y Ángela Lagarreta. La familia la habitó hasta 1967.
Después, ya en poder del estado, vinieron los proyectos inconclusos, una invasión de familias mazahuas y, finalmente, el derrumbe parcial de 2005, como si el inmueble hubiera decidido protestar por décadas de abandono.
Las propuestas de convertirla en museo, casa de cultura o extensión del Franz Mayer quedaron, como tantas otros, en el tintero.
Tomé una fotografía de la fachada y golpeé con los nudillos la puerta metálica. Escuché desenroscarse una cadena y apareció la mitad de un rostro huraño.
—Buenas, ¿me dejaría echar un vistazo?
—No está permitido.
—Ah, entiendo. Mire, vengo desde lejos, ¿no podría abrir solo un poco el portón y dejarme mirar sin entrar?
Tras un silencio hosco, incómodo, accedió.
Abrió apenas unos centímetros, lo suficiente para que una imagen de belleza surrealista inundara mis ojos: un patio sevillano con restos de una fuente al centro, rodeado de arcos góticos y columnas a punto de ceder; mosaicos azules y amarillos, unos irregulares como los de Gaudí, otras como mandalas de talavera, cubriendo muros y pisos medio sepultados; pinturas deslavadas en lo que alguna vez fueron habitaciones; escaleras que llevan a nada, como las dibujadas por Escher.
En un acto reflejo abrí la cámara del teléfono. Entonces el vigilante —igual podría haber sido un fantasma— levantó la mano frente a mi rostro e impidió la fotografía.
Frustrada, me esforcé por grabar aquella escena en la memoria, consciente de que probablemente nunca volvería a verla. Me di cuenta de cuánto he dejado de ejercitar la memoria visual, confiando en que sea la cámara —y no yo— quien conserve el instante, en el Centro y en todos lados.
Hoy cierro los ojos y vuelvo a ver aquel vestigio. La textura de la fuente. Las entrañas de los arcos. La selva, mitad seca y mitad verde, intentando devorar el patio. Los mosaicos coloridos. Casi siento que podría dibujarlo. Recuerdo más detalles de esa escena efímera que del Ángel, la Diana o Bellas Artes.
Porque esos otros ya no suelo verlos yo; para eso está la cámara.
Ayer volví al Centro.
Esta vez viendo.
