La puerta del avión se abre a una vegetación tan exuberante y cuidadosamente recreada, que el viajero la acepta, la admira y se sumerge en ella sin cuestionar su artificialidad. Al final del pasillo, a modo de bienvenida, una marimba acompaña a dos que interpretan la danza de los Parachicos: él, con máscara de melena rubia y ojos claros, caricatura de los conquistadores españoles; ella, con el vestido regional de tul negro bordado con flores en tonos fuertes de todos los colores.
El trayecto de Tuxtla a San Cristóbal dura una hora, durante la cual se asciende mil seiscientos metros por una carretera que es, en sí misma, un mirador. Nos reciben las calles empedradas, las banquetas de laja, los techos de teja, los faroles ya encendidos y un cielo azul eléctrico que tarda en desaparecer tras un volcán apagado.
El pueblo es pequeño. Vale mucho la pena visitar el templo de Santo Domingo, cuya fachada barroca parece bordada a mano; recorrer el andador de Guadalupe, con sus cafés al aire libre y sus galerías de arte. Donde uno termina demorándose inevitablemente es en las librerías de viejo y también en las nuevas, repletas de libros y carteles sobre los temas que ocupan a la generación más joven: migración, guerra, mujeres, ecología, inclusión.
En la misma acera conviven las fondas y las estrellas Michelin; el hostal y el hotel boutique; los altares y las armas; las mujeres indígenas con su vestimenta tradicional y las turistas europeas que cargan al hombro un lente profesional. Contrasta lo distintas que son y, sin embargo, ambas avanzan con la mirada igual, fija en la pantalla del teléfono.
Madrugamos para navegar el Grijalva por el Cañón del Sumidero. El paisaje y acantilados no le piden nada a los de Nueva Zelanda. Una docena de cocodrilos recién nacidos se amontona sobre una roca mientras la madre vigila a escasos metros de la lancha. Los monos araña se columpian sobre nuestras cabezas con las crías aferradas a la espalda. Pasamos bajo una cascada que recuerda a la de La misión y que solo aparece durante la temporada de lluvias.
De ahí a Zinacantán, a la casa-taller de Juana, donde las mujeres de su familia pasan el día frente al telar de cintura creando auténticas obras de arte. Cada vez son menos las jóvenes dispuestas a continuar el oficio, nos cuentan con una nostalgia anticipada. Nos ofrecen posh, aguardiente ancestral de la región. Pruebo el de Jamaica, no sabe nada mal.
Por último, Chamula, donde ningún automóvil entra sin autorización previa. Aquí el señor del lugar no es Jesús, sino Juan, el bautista del Jordán. El exterior del templo es colonial, como tantos otros. El interior, como ninguno: en lugar de bancas hay una alfombra de hojas de pino, nahuales de barro, botellas de Coca-Cola, y cientos de veladoras encendidas. Los santos llevan un espejo en el pecho que sirve como un recordatorio para verse con claridad a sí mismo al orar frente a ellos, y no engañarse.
Una multitud tzotzil se congrega frente al altar. Visten prendas de lana blanca o negra. Los hombres tocan acordeones, arpas y tambores en una cadencia hipnótica. En el centro, las mujeres se balancean de un lado a otro, casi en trance, con el rebozo y los hijos a la espalda. El aroma del copal impregna la penumbra. Las tradiciones maya y católica se entrelazan en sus ritos, símbolos y significados, hasta volverse una. El recelo inicial de los visitantes pronto se transforma en fascinación.
Más tarde disfrutamos una sopa de pan y un mole memorable, mientras la voz incomparable de Linda Rondstat interpreta la canción del compositor chiapaneco Alberto Dominguez: “Esa locura de vivir y amar es más que amor, frenesí.”
En la mesa de junto, el subcomandante Marcos y el obispo Samuel Ruiz —herederos, cada uno a su manera, de la estela de fray Bartolomé— parecen conversar recreados en cartonería. Nos hacen recordar aquel Año Nuevo en que nos abrazábamos sin imaginar que en esos momentos se estaba levantando la selva.
