Una situación que ninguno de nosotros quisiera enfrentar pero que desafortunadamente a veces es necesaria, es presentar una denuncia por la ocurrencia de algún delito. Y en tiempos del Mundial no está de más saber a dónde se puede recurrir.
Particularmente hablando de delitos federales, como trata de personas, contra la salud, delincuencia organizada, operaciones con recursos de procedencia ilícita, conocidas como lavado de dinero, delitos fiscales y financieros como la defraudación fiscal y el contrabando, o portación, posesión o uso de armas de fuego y explosivos, pueden ser denunciados por personas visitantes nacionales y extranjeras en un micrositio habilitado por la FGR o en cualquiera de las 32 Fiscalías Federales en la República Mexicana.
En el micrositio, el cual se puede ubicar en el dominio: fgr.org.mx/en/FGR/Mundial2026, se puede iniciar una denuncia en línea, localizar las oficinas de la FGR más cercanas, además de consultar información útil de derechos y obligaciones de las personas extranjeras, o canalizarse al número de emergencia 911.
Si se prefiere, también hay módulos estratégicos ubicados en las sedes mundialistas como la Ciudad de México, Guadalajara en Jalisco, y Monterrey en Nuevo León, y sus respectivos aeropuertos, o en las terminales aéreas internacionales Felipe Ángeles y Toluca, en el Estado de México, además de destinos turísticos como La Paz y Los Cabos en Baja California Sur, Acapulco en Guerrero, Puerto Vallarta en Jalisco, o Cancún y Tulum en Quintana Roo.
La idea es que tanto la afición mexicana como internacional, cuente con las herramientas necesarias para proteger sus derechos y, en su caso, que se investiguen y persigan los delitos de competencia federal.
Dividiendo… Perú y Colombia: el laboratorio andino
La política latinoamericana suele escribirse a partir de grandes ciclos. Así ocurrió con las transiciones democráticas de los años ochenta, con el giro a la izquierda que marcó los primeros años del siglo XXI y, más tarde, con el avance de opciones de centro derecha que varios analistas describieron como una reacción frente al desgaste de aquellos gobiernos. Tras la pandemia, una nueva generación de administraciones progresistas volvió a modificar el mapa regional. Sin embargo, quizá estamos entrando en una etapa distinta, menos definida por olas ideológicas y más por electorados impacientes, instituciones sometidas a una presión creciente y una demanda social que privilegia los resultados sobre las etiquetas políticas.
Esta hipótesis podría empezar a tomar forma en las próximas semanas: en un lapso de diez días, dos de los principales países de la región andina renovarán sus gobiernos. Perú, donde la elección presidencial permanece en suspenso tras un resultado extraordinariamente cerrado, tiene prevista la toma de posesión el 28 de julio. Colombia, inmersa en una segunda vuelta cargada de tensión, hará lo propio el 7 de agosto. Son procesos nacionales distintos, pero vistos en conjunto parecen formar parte de un mismo fenómeno.
Existe una tendencia a reducir las elecciones latinoamericanas a una disputa entre izquierda y derecha. Esta lectura contiene una parte de verdad, pero suele dejar fuera los factores que realmente están moldeando el comportamiento de los votantes: la inseguridad, el bajo crecimiento económico, la pérdida de confianza en las instituciones, la frustración frente a la incapacidad de los gobiernos para resolver problemas estructurales y una creciente sensación de agotamiento con las élites políticas tradicionales. En ese contexto, el voto deja de ser una adhesión doctrinaria para convertirse en un mecanismo de corrección o de castigo.
Perú representa quizá el caso más evidente. En menos de una década, el país ha atravesado una sucesión de presidentes, destituciones, renuncias, protestas y crisis entre el Ejecutivo y el Congreso. La estabilidad institucional dejó de ser una certeza para convertirse en una aspiración. La elección actual, definida por un margen mínimo y acompañada de impugnaciones y revisiones de actas, refleja una sociedad profundamente fragmentada, donde prácticamente la mitad del electorado mira con desconfianza a la otra mitad.
Colombia enfrenta una realidad diferente, pero comparte algunas tensiones de fondo. La segunda vuelta presidencial se desarrolla en un ambiente marcado por el debate sobre la seguridad, la violencia política y la evaluación del ciclo abierto por el gobierno de Gustavo Petro. Para una parte del electorado, la prioridad es preservar las transformaciones impulsadas en los últimos años; para otra, recuperar un sentido de orden y certidumbre frente a un entorno económico y social complejo.
La controversia generada por la participación activa del presidente Petro en la campaña y la posterior solicitud de suspensión por presunto intervencionismo electoral –más allá de su factibilidad legal– muestra hasta qué punto la disputa política se ha trasladado al terreno institucional. Ya no solo se compite por ganar una elección; también se discuten los límites del poder, el papel de los organismos de control y las reglas bajo las cuales debe desarrollarse la competencia democrática.
Es en este punto donde la experiencia colombiana empieza a parecerse a la peruana. En un caso, la autoridad electoral tendrá que arbitrar un resultado extremadamente cerrado y procesar las impugnaciones que surjan del escrutinio. En el otro, las instituciones deben administrar una campaña caracterizada por un alto grado de polarización y el cuestionamiento público de las actuaciones del propio jefe del Estado. Manifestaciones distintas de un mismo desafío: la creciente dificultad de los sistemas políticos latinoamericanos para procesar la competencia electoral sin trasladar la confrontación al ámbito institucional.
Quizá la verdadera convergencia entre Perú y Colombia no se encuentre en la ideología de quienes compiten, sino en el comportamiento de sus sociedades. Los ciudadanos parecen moverse cada vez más con una lógica pendular, alternando entre proyectos distintos en busca de soluciones inmediatas a problemas que se han acumulado durante décadas. La fidelidad partidista pierde fuerza, mientras el voto retrospectivo –premiar o castigar al gobierno saliente según los resultados percibidos– adquiere un peso creciente.
Posiblemente los historiadores del futuro habrán de analizar este momento no por lo cerrado de sus resultados sino por la entrada a una etapa en la que las instituciones democráticas fueron puestas a prueba por electorados más exigentes, polarizados y volátiles.
Multiplicando… Días de diversión
Con el Mundial de Fútbol, la temporada de verano, y el consecuente flujo de turistas nacionales e internacionales, la Ciudad de México ofrece una amplia variedad de opciones, además de deportivas, arquitectónicas, culturales, gastronómicas, y de entretenimiento.
A pesar de las complicaciones de movilidad por las manifestaciones, los visitantes llegan y siguen llegando, y no están dispuestos a quedarse encerrados en donde se hospeden porque, está visto, la Ciudad sigue activa.
La capital mexicana es un mosaico de experiencias: el Museo Nacional de Antropología e Historia, el Templo Mayor; el Bosque de Chapultepec, pulmón verde con museos, zoológico y el imponente Castillo; Teotihuacan, a pocos kilómetros de la ciudad; espacios de diversión contemporánea.
En esto último, parada obligada para el visitante, es Six Flags México, que estará abierto todos los días del 8 de junio al 30 de agosto y, muy a tono con el ambiente, arrancó el pasado jueves el festival Soccer Experience, en el cual el parque de diversiones más grande de América latina se transformará en fechas seleccionadas en un espacio vibrante lleno de pasión futbolera, sin olvidar el ya tradicional Héroes y Villanos Fest de verano.
