OPINIÓN LETICIA GONZÁLEZ MONTES DE OCA

Renacimiento: una casa y un futuro para quien no tiene nada

Hoy viven ahí 56 menores -niños y niñas- que asisten a las escuelas cercanas y por las tardes toman talleres de arte, computación y música.

No tengo duda si estoy frente a un loco, o si tengo frente a mí a un santo.
No tengo duda si estoy frente a un loco, o si tengo frente a mí a un santo.Créditos: Especial.
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“Si no estudias, acabarás en la correccional, me decía mi mamá. Y estudié. Primero en la Prepa 1, la del bazucazo en el 68. Yo era el representante de mi escuela en el movimiento estudiantil. Soy maestro normalista, luego estudié Derecho. ¿Y a dónde fui a parar? A la correccional. Pero no como interno, sino a trabajar, a cambiar procesos. Estuve ahí diez años; venía gente de otros lados a ver lo que hacíamos. También fui visitador de prisiones. Después trabajé con el padre Chinchachoma, coordinando hogares y talleres. Ese del que decían ‘o está loco, o es un santo’ porque se desbordaba por sus muchachos.”

Cuenta esto la voz de don Pepe Vallejo, quien desde hace treinta años dirige la Fundación Renacimiento, una casa para niños en abandono social escondida en un callejón de La Lagunilla. Hoy viven ahí 56 menores -niños y niñas- que asisten a las escuelas cercanas y por las tardes toman talleres de arte, computación y música.

Conversamos en un salón cuyas paredes tienen pintadas olas marinas. “Estos niños no conocen el mar”, dice don Pepe. “Entonces aquí se los acercamos. Ellos crean peces con plumas de colores y alambre: los que imaginan o los que alguna vez vieron en alguna película o en un libro.”

Hablamos del próximo 10 de mayo y de los festivales escolares dedicados a las madres: madres que ellos no conocieron o que hace años dejaron de ver. Entonces viene a mi memoria una escena de Los Olvidados, cuando el director de la correccional le dice a la madre de Pedrito: “Señora, usted no quiere a su hijo.” Ella responde: “¿Y por qué lo voy querer? Yo era una escuincla y ni me pude defender”. La película fue filmada hace 75 años, pero sigue respirando en las pancartas de denuncia de cada 8 de marzo. Las historias de muchos de estos niños son así de duras: violencia, adicciones, abandono, miseria. Pero Renacimiento existe precisamente para demostrar que el presente y el futuro pueden pesar más que las heridas del pasado.

El día de los festivales escolares, don Pepe prefiere no enviarlos a clases. Así les evita una tristeza innecesaria, un dolor que no necesitan, unas horas de sal sobre las heridas. En cambio, ese día visitan un asilo de ancianas olvidadas por sus familias.

“Ya están preparando todo”, cuenta. “Ellos mismos hacen los regalos, ensayan canciones, escriben tarjetas. Y ocurre algo muy bonito: niños acostumbrados a pedir y recibir descubren lo que significa dar. Cambian la dirección de la mano.”

Regresan felices, esta vez no por lo que recibieron, sino por haber logrado que alguien más fuera feliz durante unas horas.

En tres décadas, la fundación ha atendido a más de dos mil niños. Ha habido derrotas, y no han sido pocas -una por cada niño al que la ayuda llegó demasiado tarde-, pero también victorias, y todas, desde las sencillas hasta las más notorias, son enormes: justifican el esfuerzo cotidiano, están en cada niño rescatado.

Alguna vez recibieron la visita de Roger Moore, quien como embajador de la UNICEF hacía colectas de monedas en los aviones y confesaba que esa labor le apasionaba aún más que interpretar al mejor James Bond. También han establecido un convenio con el Inter de Milán para capacitar a sus monitores y organizan cada año un “Mundialito” callejero que este verano espera reunir a setecientos chamacos.

Pero el mayor logro de Renacimiento, dice don Pepe, el reto al iniciar cada día y el respiro al concluir cada semana, es simplemente seguir existiendo.

Cada mes hay que hacer milagros para cubrir gastos: comida, mantenimiento, goteras, pintura, las canchas. Vivir cuesta, ayudar a sobrevivir también. Se hace difícil salvar almas mientras se piensa en qué malabares se tienen que hacer para alimentar los cuerpos.

Si alguien quisiera ayudar, en fundacionrenacimiento.org está toda la información. No hay ayuda pequeña para una obra tan grande.

En la despedida don Pepe cuenta la felicidad que da encontrarse por la calle a muchachos que salieron de aquí y ahora ya tienen sus propias familias. Y agrega algo que permanece resonando: es bueno saber que este lugar fue el refugio de alguien, pero lo mejor sería que casas como esta no las necesitara nadie.

Miro el rostro de don Pepe, marcado por los años, las batallas, las caídas y los triunfos, con ojos cansados pero alertas, con un gesto permanente que expresa la reacción ante tanto que ha visto, y una sonrisa fija que logra abrirse camino entre la incertidumbre y la esperanza.

No tengo duda si estoy frente a un loco, o si tengo frente a mí a un santo.