OPINIÓN LETICIA GONZÁLEZ MONTES DE OCA

España y sus fantasmas

Un café de gasolinera fue el combustible apenas indispensable para alcanzar Zaragoza.

La noche nos alcanzó en la carretera rumbo a Benicasim, el Biarritz valenciano.
La noche nos alcanzó en la carretera rumbo a Benicasim, el Biarritz valenciano. Créditos: Canva.
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Salimos de Barcelona de madrugada, con la silueta de la Sagrada Familia recortada contra un cielo más rojo que naranja. Coronando la torre central ya luce la cruz revestida de vidrio y cerámica diseñada por el mismo Gaudí hace 143 años, que la convierte en la iglesia más alta del mundo y que será bendecida por el papa León XIV, coincidiendo con el centenario de la muerte de “El Arquitecto de Dios”.

Un café de gasolinera fue el combustible apenas indispensable para alcanzar Zaragoza. En la basílica visitamos a la Virgen del Pilar, la que todo lo puede. Y cómo no, si en tiempos de Franco dos bombas atravesaron el techo y cayeron, pero no estallaron. Siguen ahí, en el templo, como evidencia del milagro.

De ahí partimos a Belchite, un pueblo, o más bien, las ruinas de lo que fue: un poblado aragonés devastado durante la Guerra Civil Española. Congelado en la destrucción, un Guernica que nunca se reconstruyó. Una Pompeya ibérica.

Especial.

Los muros abiertos dejan expuestas a la intemperie antiguas habitaciones y obligan a la imaginación a completar la escena: estruendos, alaridos, llantos de niños aterrorizados. Belchite permanece como una herida abierta, un museo del horror y un retrato brutal del ser humano, más allá de cualquier bandera.

A quince minutos aparece Fuendetodos, un caserío de piedras color arena bajo un cielo azul más intenso que el del mejor ciclorama. Allí nació Francisco de Goya en 1746 y pasó sus primeros años. Su casa se conserva casi intacta y, a unos pasos, un pequeño museo recoge la mirada satírica de “Los Caprichos”: una colección de grabados que exponen los vicios del hombre, lo absurdo de la conducta humana, la falta de educación y la ignorancia; desaciertos y extravagancias de su época que siguen vigentes.

En este rincón de la llamada “España vacía”, cada vez que algún curioso llega queriendo conocer esa casa y ese museo una mujer saca con cuidado un pesado manojo de llaves de su delantal y repite la ceremonia que ha celebrado desde hace años: abre con parsimonia cada cerradura, cada puerta, da el paso con gesto solemne, espera a que el visitante termine el recorrido, echa una ojeada para ver que todo siga como siempre, se asegura de dejar bien cerrado y vuelve a esperar hasta que se aparezca el siguiente.

Seguimos por una carretera rodeada por gigantes que parecían, por momentos, molinos, hasta llegar a Calanda.

Imaginamos los tambores del viernes de la Semana Santa “rompiendo la hora”, retumbando en la plaza, en manos de generaciones unidas por una pasión.

Era la hora de la siesta. Le preguntamos a una niña —el único ser humano a la vista— dónde podíamos comer.

—A esta hora no hay nada abierto. O… bueno, el Toni.

Seguimos las indicaciones hasta el Toni. Afuera, en la terraza vacía, no había vida; la vida estaba adentro. Mesas de hombres muy mayores jugando dominó o baraja. Algunos, nos cuentan, llevan sentados ahí desde las seis de la mañana.

Especial.

Pedimos unos pinchos en la barra y a las cuatro en punto estábamos frente al Centro Buñuel Calanda, que un joven abrió solo para nosotros.

A la entrada esperaba la carreta restaurada en la que el señorito Luis Buñuel viajaba de niño. Desde ahí descubrió a otros niños recogiendo estiércol: tuvo la certeza de que su vida pudo haber sido otra.

Dentro, carteles de sus películas; la emoción de encontrar nombres y rostros de artistas mexicanos enmarcados en este rincón lejano. También una instalación interactiva surrealista: inodoros en lugar de sillas, guiño al filme El fantasma de la libertad. Cada uno alberga una obsesión: hormigas, relojes, ojos, navajas. Una creatividad concebida por Javier Espada, cineasta que actualmente presenta en México su documental Memoria de los olvidados.

Aún faltaba Teruel, inseparable de sus Amantes, protagonistas de una leyenda del siglo XIII. Algo así como unos Romeo y Julieta españoles, solo que Shakespeare llegaría después.

Sus restos reposan bajo las esculturas de Juan de Ávalos: dos cuerpos tendidos, dos manos que se buscan sin llegar a alcanzarse. A un lado se levanta la iglesia mudéjar de San Pedro, patrimonio nuestro, cuyas bóvedas parecen guardar el firmamento.

La noche nos alcanzó en la carretera rumbo a Benicasim, el Biarritz valenciano. El hotel Voramar está próximo a cumplir cien años, cuentan que ahí se hospedó Hemingway; yo sentía conocerlo a través de León de ojos verdes, de Manuel Vicent.

En la recepción tomo un ejemplar de El País. La polémica sobre Hernán Cortés sigue gastando tinta y recuerdo una frase de Indalecio Prieto, republicano exiliado: “México es el único país donde no ha muerto el rencor nacido de la conquista.”

Cierro el periódico.

Desde una hamaca en la terraza, oyendo romper las olas del Mediterráneo —las mismas que Sorolla pintó tantas veces bajo la luz del día— me pregunto por qué y me respondo explicaciones.

Me pregunto hasta cuándo; no me tengo respuesta.