OPINIÓN DANIEL JACOBO

Manos atadas

Como periodistas, ocupar las redes sociales manteniendo la labor de informar a todas aquellas personas que optan por no leer un periódico, ni escuchar el radio ni ver la televisión, es un reto mayúsculo.

La noche del sábado recibí una notificación por parte de Meta informándome que mi cuenta de Instagram había sido suspendida por una violación a las normas de comunidad.
La noche del sábado recibí una notificación por parte de Meta informándome que mi cuenta de Instagram había sido suspendida por una violación a las normas de comunidad.Créditos: Canva
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Este fin de semana me ocurrió algo que nunca pensé que me pasaría. Y pensaba que no me pasaría porque, genuinamente, no estaba infringiendo ninguna norma ni vulnerando a mi comunidad.

La noche del sábado recibí una notificación por parte de Meta (el grupo que concentra Facebook, Instagram y WhatsApp) informándome que mi cuenta de Instagram había sido suspendida por una violación a las normas de comunidad.

¿Qué violación? Ni idea, pero según las normas, podría ser cualquier cosa; desde una vulneración a los derechos de autor, hasta contenido que incite a la violencia, al acoso, al bullying o al odio.

El contenido que suelo compartir tiene que ver con las deficiencias gubernamentales, en sus distintos órdenes, en el día a día hacia la comunidad: el cinismo político; la ineficiencia municipal; las torpezas legislativas; la violencia desbordada; y, como sello de la casa, la incongruencia entre discurso y realidad.

Este último fue el clavo que terminó de cerrar el ataúd de mi cuenta que fue sepultada.

Y es que recientemente, un video se viralizó y superó las 700 mil visualizaciones. Dicen quienes saben, que la probabilidad de que un video supere esos números es menor al 1%. Tan solo pensemos en la cantidad de videos que se publican a diario.

Ese video que superó todas las expectativas, mostraba los contrastes entre el discurso del orgullo que representaba ajolotizar la Ciudad de México -en palabras de la Jefa de Gobierno, Clara Brugada- mientras se veían imágenes de una caótica capital entre lluvias, baches, inundaciones, fugas de agua, problemas en el metro y varios incidentes más que los chilangos vivimos a diario.

¿Tengo pruebas de que por ese video se fue a la tumba mi cuenta? No, no las tengo. Pero da la casualidad que tras los números alcanzados por ese video en particular, ocurrió esto, cuando el contenido publicado de manera recurrente hacía eco de los problemas en la ciudad y en el país en general.

Como periodistas, ocupar las redes sociales manteniendo la labor de informar a todas aquellas personas que optan por no leer un periódico, ni escuchar el radio ni ver la televisión, es un reto mayúsculo; porque ya no solo es combatir con lo que está mal en el día a día, sino que hay que ganarle la atención de otros creadores de contenido, medios de comunicación en redes y, el reto mayor, a las normas de las propias redes sociales.

Instagram suspende cuentas básicamente por incumplir con esas “normas de la comunidad”. Un reporte basta para que, sin previo aviso, desaparezca la cuenta.

La opción que uno tiene es “apelar” esa decisión para que a ojos del juez -el propio Instagram- se decida el futuro de tu cuenta. Si la apelación no tiene éxito, la cuenta desaparece y ojo si quieres crear una nueva con datos previos, pues los “antecedentes penales” dejan huella en internet.

Es así que uno queda de manos atadas, dependiendo de la buena voluntad para continuar haciendo su trabajo. Un trabajo que por supuesto, nada -el algoritmo- ni nadie -las redes sociales- detendrán.