OPINIÓN HÉCTOR ZAGAL

Sinaloa no será el Waterloo de Morena

Hay quien cree que la crisis de Sinaloa marcará el punto de quiebre de la hegemonía de Morena. La tentación es comprensible, pero quizá prematura.

La acusación de Estados Unidos contra Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia de Sinaloa, un senador morenista y otros funcionarios sacudió al gobierno.
La acusación de Estados Unidos contra Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia de Sinaloa, un senador morenista y otros funcionarios sacudió al gobierno. Créditos: Cuartoscuro
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Héctor Zagal
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Hay quien cree que la crisis de Sinaloa marcará el punto de quiebre de la hegemonía de Morena. La tentación es comprensible, pero quizá prematura. La política mexicana rara vez concede desenlaces limpios. Menos aún cuando el escándalo combina narcotráfico, soberanía, Estados Unidos, justicia selectiva, propaganda y una oposición que suele llegar tarde, con gesto solemne y sin discurso eficaz.

La acusación de Estados Unidos contra Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia de Sinaloa, un senador morenista y otros funcionarios sacudió al gobierno. También pesa la entrega en Arizona de Gerardo Mérida, exsecretario de Seguridad de Sinaloa, acusado por autoridades estadounidenses de colaborar con “Los Chapitos”. Pero no conviene confundir sacudida con derrumbe.

Me inclino a pensar que, tarde o temprano, Rocha terminará en la cárcel. Y si eso ocurre, Morena no necesariamente lo presentará como derrota, sino como prueba de depuración interna. Dirá que nadie está por encima de la transformación, que la 4T se corrige a sí misma, que los corruptos no caben en el movimiento. De hecho, Sheinbaum ya empezó a ajustar el libreto: pasó de la defensa de la soberanía y la sospecha frente a Estados Unidos a la advertencia de que nadie puede esconderse bajo el halo de la transformación.

La oposición, mientras tanto, difícilmente capitalizará el malestar. Primero, porque el oficialismo ha movido el foco hacia Chihuahua y acusa a la gobernadora Maru Campos de permitir operaciones extranjeras en territorio mexicano. Es una jugada eficaz: convierte el caso Sinaloa en pleito patriótico y obliga a la oposición a defenderse, no a atacar.

Segundo, porque Morena ofrece un producto concreto: programas sociales cada vez más generosos. En un país con millones de pobres, eso pesa más que cualquier editorial indignado. Tercero, porque la violencia se ha normalizado. Tan normalizada que la clase media ya considera natural pagar seguridad privada para proteger su casa. El Estado se retira y el ciudadano compra candados, cámaras y resignación.

Y cuarto, porque no hay un liderazgo opositor capaz de reunir el enojo. En la oposición sobran rostros reciclados y falta imaginación política. Tiene denuncias, pero no relato. Tiene agravios, pero no horizonte. Tiene razón en varios diagnósticos, pero no logra parecer alternativa.

Sin embargo, Sheinbaum sí sale debilitada. No parece haber ganado la batalla frente a Estados Unidos. Su gobierno no controla la agenda, la administra a golpes. Le quedan tres preocupaciones mayores: la inflación, que es el impuesto más cruel porque castiga primero a los pobres; la negociación del tratado comercial, que mantiene detenida parte de la inversión y de la creación de empleo; y una eventual reaparición pública de López Obrador, que podría recordarle al país quién sigue mandando en el imaginario de Morena.

Así las cosas, Sinaloa no será necesariamente el Waterloo de Morena. Pero sí puede ser una grieta. Y las hegemonías no siempre caen por un terremoto. A veces empiezan a venirse abajo por una rendija mal atendida.