OPINIÓN HÉCTOR ZAGAL

En defensa de los libreros

Hoy el acceso al conocimiento es más generoso. Un estudiante que antes dependía de las importaciones lentas, de una biblioteca incompleta o de un profesor que prestara su ejemplar, ahora puede leer desde su teléfono.

'El Día Mundial del Libro me llevó a recordar mis tiempos de estudiante', escribe Héctor Zagal.
"El Día Mundial del Libro me llevó a recordar mis tiempos de estudiante", escribe Héctor Zagal.Créditos: Canva
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(Héctor Zagal y Luis Manuel Gómez, coautores de este artículo, conducen el programa de radio “El Banquete del Dr. Zagal” en MVS 102.5 todos los sábados a las 17:00 y los miércoles a las 21:00. Ambos son profesores de Filosofía en la Universidad Panamericana) 

El Día Mundial del Libro me llevó a recordar mis tiempos de estudiante. En aquellos años los libros de Aristóteles llegaban a las librerías a cuentagotas. No exagero. Aparecían uno o dos ejemplares de la Metafísica o de la Ética a Nicómaco que desaparecían antes de que uno pudiera llegar a la librería. A veces me sentía menos como estudiante de filosofía y más como cazador de libros.

Por eso agradezco los libros digitales. Hoy el acceso al conocimiento es más generoso. Un estudiante que antes dependía de las importaciones lentas, de una biblioteca incompleta o de un profesor que prestara su ejemplar, ahora puede leer desde su teléfono. La currícula completa cabe ahora en un aparato que también sirve para pedir comida y discutir tonterías en redes. Hay algo profundamente democrático en esa ampliación del acceso.

Ahora bien, una cosa es el acceso al conocimiento y otra, muy distinta, el aprendizaje íntimo de la lectura. En mi experiencia, uno aprende a leer de verdad cuando hay libros en casa. Porque una cosa es descifrar la fonética de las letras y la capacidad para unirlas y otra muy distinta estar familiarizado con la lectura. Me inclino a pensar que comienza desde la cercanía con el libro cuando uno es muy pequeño: abrirlo, cargarlo, olerlo, pasar páginas, dejar un separador improvisado. La lectura entra también por las manos.

De ahí que no me escandalice cuando un niño raya un libro. Puedo entender la molestia de unos padres cuando de pronto aparece, en una bonita edición de su novela favorita, un sol naranja en la página treinta o una firma temblorosa en la guarda, pero en ese gesto hay que vislumbrar un intento del niño por dejar marca y, si se quiere, responderle al libro.

Una gran biblioteca digital no puede ofrecerle al niño la posibilidad de que lo hojee al revés, lo arrastre, lo abra por donde no es, lo toque con manos llenas de chocolate y descubra que ahí dentro hay algo. El libro como objeto tiene una pedagogía silenciosa, una que educa por simple presencia.

Así que celebremos los libros digitales porque han hecho el conocimiento más accesible y menos caprichoso, pero no perdamos de vista que la lectura, cuando empieza, tiene algo de juego material y de aprendizaje táctil. Un libro en casa es una invitación muda, una promesa de conversación futura. Y eso, por ahora, no hay nube ni tablet que pueda emularlo.