Desde que tengo memoria, Tepito figura como una ciudad perdida, prohibida, peligrosa y lejana. Tierra de nadie donde se conseguían aparatos eléctricos nunca antes vistos, televisiones con pantallas enormes, estéreos para el coche, originales… pero de contrabando. Te compré esta grabadora en la fayuca, me dijo mi abuela al final de mi infancia. Y como un tesoro, aquella Sanyo permaneció años en mi buró, con la aguja del radio fija en el 690, donde a mitad de las canciones irrumpía un rugido felino para que no se las piratearan.
Ayer, casi medio siglo después de aquel regalo, visité por primera vez la temida zona. Desde el Centro avancé por Santo Domingo, crucé La Lagunilla y el Eje 1 Norte, cuidándome más de motos y bicicletas que de los coches. Me interné en una calle convertida en mercado: camisetas verdes futboleras -a pesar de operativos y redadas-, ropa interior y exterior de todos los estilos y tallas. Y ahí, como perdido, el único local sin clientes, rebelde contra lo trivial, uno de películas de cine de arte, claro, clandestinas.
Detrás del antiguo tianguis -ayer de trueque, hoy con terminal bancaria- se esconden los universos llamados vecindades, donde vivieron los hijos de Sánchez y donde quizá ande por ahí algún bisnieto diablero.
El pasillo se va oscureciendo: de pronto los toldos ya no son amarillos sino negros, y la cumbia-reguetón se vuelve estruendo: “yo forever voy a ser tu gángster… tú mi nena, bebé.” Antros hechizos, uno tras otro, a ambos lados. Brazos extendidos casi bloqueando el paso invitan a gritos a entrar a los tugurios donde sirven micheladas de a litro entre olor a hierba quemada. Sonideros, les llaman. Son las once de la mañana y es imposible saber si la fiesta empieza o aún no acaba. Ni se te ocurra grabar, me advierte mi acompañante -conocedor del rumbo y sus códigos- anulando mis intenciones. Intenté fingir un paso relajado, como si pasara por ahí diario.
El destino era el templo de Santa Ana, pero -como suele ocurrir-, aparecen escalas inesperadas. En Peralvillo 55 dimos con un espacio luminoso, uno que sí invitaba a entrar sin miedo. La galería José María Velasco: un museo que parece recién inaugurado, aunque lleva ahí más de 70 años. Expone arte popular -nada más lejano del paisajismo-. La muestra actual defiende el rótulo, ese letrero urbano pintado a mano, a veces efímero, que anuncia con humor y picardía negocios y espectáculos, y que en 2022 la alcaldía intentó prohibir pintando los muros de gris, atentando contra una parte fundamental de la identidad visual local.
En una pared cubierta de carteles hechos por mujeres se lee:
- “SE VENDEN CARICIAS. Info aquí.”
- “REPARAMOS DE TODO, MENOS CORAZONES.”
- “LAS CARNITAS NO SE TOCAN.”
Un espejo de la realidad y de ese ingenio donde nadie nos gana.
El artista chicano Fabián Debora, a través de su obra Love Letters, desmonta estereotipos: en un cartel, aparece un hombre preso de mirada seca, dura, altanera… con el texto “Papá te ama, más de lo que las palabras pueden expresar”. En otro, bajo la piel tatuada y una mirada retadora late un corazón herido que ama y reza desde la soledad de una celda, pensando en los de afuera.
Hay fotografías en blanco y negro: Tina Modotti, Mariana Yampolsky, Paulina Lavista —una joya su Instagram—, Graciela Iturbide. Pulquerías, sombreros, carcachas, callejones. Un mural devuelve la vida cotidiana: el baile callejero, el box, los oficios —rotulero, zapatero, afilador—, porque “no tengas patrón, a los 40 te mandan al diablo”.
Al salir, una caseta resguarda a la Guadalupana. Flores en la reja; en el muro, y un aviso: “AQUÍ NO ES BAÑO. NO TE ORINES. O te daremos en la madre.” Una pieza de folclor involuntario que bien podría ser parte de la galería.
Finalmente, la iglesita del siglo XVII: silenciosa, vacía. Fue la sexta parroquia de la ciudad. Conserva su altar de cantera, su retablo barroco dorado, la pila bautismal, el mármol poblano, los lienzos y las figuras centenarias. En 1796 cantó ahí su primera misa el insurgente don Mariano Matamoros.
Enfrente, tras los barrotes de una ventana, la palabra TORCEDURAS anuncia un consultorio improvisado. A lo lejos, una estatua de El Santo vigila la calle.
De ahí, al mercado: tacos de carnitas y Coca-Cola de vidrio. Aquí todos se saludan chocando los puños. Todos son carnales. Todo está chido. Todos aguantan vara. Nadie se raja.
Cruzamos el mundo para conocer otras culturas teniendo aquí, a tiro de piedra, el Tepito legendario. Un barrio bravo, sí, pero con alma. Donde todo pasa y todo cabe… si se sabe acomodar, decía Monsiváis.
