OPINIÓN DANIEL JABOCO

¿QUÉ ES MÁS CARO, LA MENTIRA O LA VERDAD?

El 16 de abril, el director general de Pemex, Víctor Rodríguez Padilla reconoció que el derrame de petróleo crudo.

Marcelo Ebrard, secretario de Economía.
Marcelo Ebrard, secretario de Economía.Créditos: Cuartoscuro.
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La respuesta a la pregunta, debería ser que sale más cara la mentira que la verdad, porque aunque se nos caiga la cara de vergüenza, la honestidad por lo menos deja un bosquejo de dignidad, mientras que la mentira solo está cobijada por el cinismo.

Pero ese es tan solo un supuesto, porque como siempre, la realidad supera la ficción en este país.

En una semana, los contrastes: las mentiras y la cínica verdad.

El 16 de abril, el director general de Pemex, Víctor Rodríguez Padilla reconoció que el derrame de petróleo crudo que se detectó desde inicios de marzo pasado en el Golfo de México se originó a partir de una fuga en un oleoducto.

Es decir: no fue por culpa de un buque privado contratado en el sexenio de Enrique Peña Nieto, como lo dijo la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, el 12 de marzo; se cayó lo dicho por la presidenta Claudia Sheinbaum el 19 de marzo, de que el derrame “no fue de Pemex”; tampoco fue cierto lo dicho por la secretaria de Medio Ambiente, Alicia Bárcena, de que se trató de “una descarga en una zona de fondeo”; menos ciertas fueron las tres supuestas causas del derrame dichas por el secretario de Marina, Raymundo Morales.

Nada de eso fue cierto. Nos mintieron reiterada y descaradamente.

¿Qué pasó?

Según el director de Pemex, hubo un fallo en la cadena de información porque no hubo una dimensión de la magnitud del incidente. Si ya decía uno que las “gotitas” derramadas, según Nahle, no hacían sentido con lo que los ojos de miles de mexicanos veían.

¿Cuál fue la consecuencia de la mentira? El despido de tres funcionarios: el subdirector de Seguridad, Salud en el Trabajo y Protección Ambiental; el coordinador de Control Marino; y el Líder de Derrames y Residuos.

Y ya. Ni un funcionario más. Por supuesto nadie de los que mintió abiertamente durante semanas.

Pero luego está el caso de la verdad: el periodista Claudio Ochoa reveló en su columna de El Universal que el hijo del secretario de Economía, Marcelo Ebrard, vivió durante seis meses en la residencia de la embajada de México en Reino Unido bajo el cobijo de la entonces embajadora Josefa González-Blanco.

Durante la mañanera del mismo 16 de abril, Ebrard confirmó que su hijo, efectivamente, vivió durante ese lapso en la residencia; y no solo eso, sino que fue tratado como “un hijo” por la entonces embajadora.

Sin un mínimo gesto de coherencia, Ebrard aseguró que no veía “abuso de su parte” por el hecho. Es decir, ¿qué tiene de malo que el hijo del canciller resida en una sede oficial por seis meses bajo el sostén de los impuestos de todos los mexicanos solo porque quería “hacer unos cursos”?

¿Cuántos mexicanos podrían tener esa oportunidad?

La consecuencia de esto fue incluso peor que la de la mentira: ni un solo despido o renuncia del gobierno más cercano al pueblo que jamás hayamos tenido.

Entonces, a la pregunta de qué es más caro, si la mentira o la verdad, por lo pronto, da igual.