OPINIÓN LETICIA GONZÁLEZ MONTES DE OCA

Los murales que no vi

Una mañana de otoño en la que México se jugaba el pase a la siguiente ronda en el Mundial de Qatar 2022, no dudé en aceptar una cita en pleno Centro.

Créditos: Leticia González
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“No soy, y nunca he sido, amante del fútbol.” Así comienza Vida de un escritor, del periodista nonagenario Gay Talese. Podría firmarlo yo.

Durante años creí que sí, que lo era, pero con la muerte de mi abuelo, sin darme cuenta dejé de seguirlo, de emocionarme, de interesarme y, finalmente, de verlo. Entendí que no era el juego, sino él: un pretexto para estar juntos, para compartir y comentar la vida, para acompañar su emoción, su angustia ante un penal, y también la celebración —cuando llegaba— o la resignación, cuando hacía falta.

Así, una mañana de otoño en la que México se jugaba el pase a la siguiente ronda en el Mundial de Qatar 2022, no dudé en aceptar una cita en pleno Centro, en lugar de postergarlo todo para ver el partido. La ciudad parecía suspendida: calles y avenidas silenciosas y vacías, como si hubiera desaparecido la vida.

Al salir de la reunión, frente al majestuoso Templo de Santo Domingo, tomé un bicitaxi. Quería visitar, por fin, el mercado Abelardo L. Rodríguez, levantado en los años treinta sobre el antiguo convento de San Pedro y San Pablo, atrás de Palacio Nacional. Me habían contado que en sus muros y techos sobrevivían murales en alto relieve realizados por alumnos de Diego Rivera: mexicanos, estadounidenses, japoneses.

Entré apurada por una puerta en esquina que supuse principal. Cuál no sería mi sorpresa: ahí estaba todo el mundo que no había visto afuera. No cabía ni media alma. Los pasillos repletos de gente apretujada, todos vistiendo de verde, atentos a pequeños televisores encaramados sobre cajas, bancos o improvisadas torres de huacales entre puestos de fruta, de juguetes, de tacos.

Intenté avanzar: permiso, compermiso, compermisito. Inútil. En medio del ruido preguntaba, casi gritándolo:

-Disculpe, ¿sabe dónde están los murales?

-¿Los quééé?

No me escuchaban o no querían escucharme, o no sabían, o todas las anteriores. Miré hacia arriba: un gran domo metálico, ni rastro de pintura. Pensé que estarían en las esquinas, donde aún quedan muros de piedra. Me fui internando, perdiéndome, consciente de que cada paso me alejaba de mi único puerto seguro: la puerta donde me esperaba el bicitaxi.

Y entonces, en pleno forcejeo, entre empujones y codazos, el repentino estallido de un grito unánime, fuertísimo, larguísimo: ¡Goooooooooooooool!

Todo se desordenó con una armonía perfecta: los cuerpos saltaron, bailaron, se abrazaron, saltaron abrazados y bailaron igual. Yo, atrapada en medio, seguía el compás de un ritmo que no era mío, chocaba manos e intercambiaba expresiones de triunfo con desconocidos, festejando algo que ni siquiera había visto.

Salí de ahí sin haber visto los murales. Pero con esa emoción que quizá solo logra el fútbol, ese bendito pretexto que nos vuelve un solo país.

Esa emoción que por un rato me regresó a los momentos al lado de mi abuelo, a ese instante después de que una pelota hubiera detenido su vuelo al dar contra una red y él estallara, radiante, en total plenitud y franca felicidad.