El Callejón de Ecuador no aparece en los folletos del Centro Histórico. Allí la ciudad se muestra sin maquillaje.
Mi cita era en la Fundación Renacimiento. Sabía que no era la parte linda ni turística del Centro, sino una zona roja y ruda. Pero saberlo no es lo mismo que verlo.
Era el viernes previo a la marcha por el Día de la Mujer. Imposible llegar en coche: calles cerradas; otras, tomadas por puestos ambulantes. El ambiente hervía y no invitaba a seguir a pie, sola, entre el tumulto.
Opté por un bicitaxi maltrecho, no de los eléctricos actuales. El bicitaxi de pedales se detuvo a la entrada del callejón y mi corazón un poco también: más que calle, un corredor arbolado convertido en campamento de indigentes y olvidados, descastados que ahí malviven con casi nada. En el aire flotaba una mezcla de suciedad, mariguana y desamparo.
Caminé temblando hasta el portón de madera centenaria, y al cruzarlo me sentí a salvo.
Me hicieron pasar a una sala en penumbra. Una mesa larga con mantel blanco tejido a mano. Tazas, servilletas, una azucarera y un platón con frutas. Alrededor, libreros con las obras completas de Julio Verne y viejas enciclopedias. En lo alto, una galería de fotografías de rostros de niños y pinturas hechas por ellos mismos.
Dos ventanas daban a la calle. Los postigos cerrados dejaban filtrar el ruido de afuera: cumbia, cantos sin sentido, gritos desarticulados, improperios.
De pronto, el sonido violento de un golpe intencionado. Luego otro. Y otro más. El mismo insulto, una y otra vez, como un mantra. Una mujer chillaba que ya lo dejaran. Los golpes seguían y yo imaginaba algo parecido a un muñeco de trapo en el suelo que no repelía ni contestaba, ni siquiera se quejaba, a un metro de mí, sin ellos saberlo.
Permanecía inmóvil, temiendo que el sonido de mi respiración atravesara la pared y delatara mi presencia y mi involuntario atestiguar lo que ocurría allá afuera.
Al poco rato escuché el motor de una moto llegar y detenerse. Una voz masculina irrumpió entre los plásticos que hacen de casa, insultando a una mujer. Una, dos, cien veces, cada vez con más rabia, hasta que la palabra se volvió golpe. Y otro. Y otro más.
Los llantos de la mujer suplicando que parara parecían avivar la furia etílica de aquel monstruo invisible, hasta que la hizo callar. Los plásticos cubrieron entonces un silencio sepulcral. Esta vez, quizá literal.
Finalmente entró a la sala Don Pepe Vallejo.
Un hombre que desde hace treinta años alberga en aquel caserón a más de cincuenta niños en abandono social a quienes da comida tres veces al día y cobijo siempre, les consigue escuela en la zona, y con recursos que nunca alcanzan, intenta ofrecerles algo lejanamente parecido a una familia.
Los niños llegan desde historias tremendas hilvanadas por adicciones y violencia. El daño no se puede borrar -me dice-pero sí controlar. Y se orgullece al nombrar a aquellos que hoy tienen una vida digna.
Su teléfono no da tregua: un chamaco que volvió a pelear; una niña de 16, nunca registrada, que acaba de dar a luz y no puede recibir a su bebé porque no tiene papeles; alguien que pregunta si puede admitir a un niño recién encontrado en una zanja.
Don Pepe recibe las noticias más terribles como si fuera la enésima vez que las oye, como si todas las historias de drama y miseria las conociera ya y solo se repitieran incesantemente. Escucha, piensa, propone una solución. A nada dice que no, es una puerta abierta a lo que venga.
Su labor merece un apunte aparte. Entre tanto, su página es fundacionrenacimiento.org, por si alguien quisiera ayudarle.
Ahí se mantiene, movido por algo que no se puede ver, que le hace mantener un espacio luminoso en medio de tanta oscuridad. Eso vi en un par de horas, visité las tinieblas y la luz. Entre ambas no había más que un postigo…
Eso, y la voluntad de un hombre. O un ángel disfrazado de hombre.
