Importante captura fue la que anunció ayer la Fiscalía General de la República al dar a conocer el aseguramiento de “El Chihuas”, integrante del grupo criminal “Cartel del Nuevo Imperio”, quien estaría relacionado con el homicidio del ex gobernador de Colima, Silverio Cavazos, ocurrido en noviembre de 2010.
Resulta que desde hace un año, la Agencia de Investigación Criminal de la FGR le echó el ojo a Hilario “N”, un pájaro de cuenta que tiene en su haber al menos cuatro órdenes de aprehensión en los estados de Jalisco, Chihuahua, Baja California y Tamaulipas.
Dichos mandamientos judiciales han sido librados por jueces de control por los delitos de delincuencia organizada y homicidio doloso, dada la actividad que este hombre ha desarrollado como pieza clave del grupo delictivo.
El seguimiento detallado que hizo la Policía Federal Ministerial a la movilidad de este hombre, que incluyó un marcaje personal que arrojaba información de primera mano, fue lo que permitió contar con su ubicación, desplegar un operativo de captura y con ello, lograr cumplimentarle una orden de aprehensión federal por delincuencia organizada.
Sin duda, queda de manifesto que la inteligencia policial bien aplicada, como en este caso, permite a las autoridades dar golpes de precisión en el combate al crimen organizado.
Restando… Las pifias de Trump
En política internacional hay decisiones que revelan una estrategia de largo plazo y otras que parecen responder más a impulsos que a un verdadero diseño geopolítico. La reciente ofensiva de Donald Trump contra Irán parece circunscribirse a esta segunda categoría. No porque el régimen iraní carezca de adversarios o de críticas legítimas, sino porque la lógica que subyace a la acción estadounidense se asemeja a lo ocurrido hace apenas algunas semanas en Venezuela.
El patrón es inquietantemente similar. En ambos casos la apuesta consistía en atacar o desplazar al líder del régimen sin desmontar necesariamente las estructuras políticas, burocráticas o militares que la sostenían. En Venezuela la captura de Nicolás Maduro no significó el fin del aparato chavista. El sistema político construido durante más de dos décadas permaneció prácticamente intacto. Lo que siguió fue una sorprendente normalización diplomática entre Washington y Caracas, aun cuando la arquitectura del poder seguía en manos de los mismos grupos.
Ahora, en Irán, la historia parece repetirse. Tras la ofensiva contra el gobierno iraní, Trump ha insinuado que Estados Unidos debería participar en la definición del nuevo liderazgo del país. Se trata de un despropósito a todas luces. El líder supremo no se elige en Washington ni siquiera en una elección popular, sino en la Asamblea de Expertos de la República Islámica. Pretender influir en esa designación no solo revela una comprensión limitada del sistema político iraní, sino que también puede producir el efecto contrario al buscado: fortalecer el nacionalismo y consolidar a los sectores más duros del régimen.
El paralelismo con Venezuela es transparente. En ambos casos, la estrategia parece responder a una lógica de “decapitación del régimen”: eliminar o debilitar al líder esperando que el sistema colapse por sí solo. El problema es que la política internacional rara vez funciona así. Los regímenes no se desmoronan automáticamente cuando desaparece su líder, las instituciones no se reconstruyen por inercia y los vacíos de poder suelen generar más inestabilidad que soluciones.
Las lecciones dejadas por Irak con Saddam Hussein y Libia con Muammar Gaddafi abrieron paso a un nuevo tipo de gobiernos autoritarios que ya no dependen de una sola figura. Hablamos de regímenes que sobreviven gracias a redes militares, burocráticas y económicas que continúan operando incluso después de la caída del líder.
La gran incógnita es realmente qué persigue Donald Trump. La narrativa oficial habla de intereses nacionales: contener amenazas, proteger aliados y promover la estabilidad internacional. Pero el resultado de estas acciones sugiere algo distinto. Más que una estrategia coherente para reconstruir Estados o promover procesos democráticos, lo que emerge es una política exterior basada en golpes espectaculares, anuncios contundentes y una apuesta perenne por negociar desde la fuerza.
Este enfoque puede producir victorias tácticas, pero rara vez genera estabilidad duradera. De hecho, buena parte de la sociedad estadounidense parece compartir esa inquietud. De acuerdo con una encuesta elaborada por NPR/PBS/Marist, 56% de sus gobernados desaprueban los ataques, mientras que 60% considera que la administración Trump no tiene un plan claro para el “día después” del conflicto. El Congreso también se encuentra dividido.
La cuestión es si la estrategia elegida por Trump tiene alguna posibilidad de producir un estado mejor de las cosas. A juzgar por lo ocurrido en Venezuela, las posibilidades son pocas. Si la historia se repite, el desenlace puede ser menos una victoria geopolítica que otra de las pifias que terminan definiendo una política exterior fraguada sobre las rodillas, construida más sobre impulsos que sobre planes.
Multiplicando… Nuevo director general en KTSA
En medio de la redefinición de las cadenas de valor entre México y Estados Unidos, el nearshoring ha dejado de ser un fenómeno exclusivamente industrial para extenderse con fuerza a sectores como el de IT y consultoría. La relocalización de operaciones, la presión por aumentar la eficiencia y la necesidad de operar en husos horarios compatibles, han acelerado la exportación de servicios digitales desde México, justo en un momento en el que la agenda económica y política del país discute cómo mantener y aprovechar mejor estas ventajas competitivas.
En este contexto operan modelos como el de KTSA (KPMG Technology Services Americas), el cual brinda servicios especializados a KPMG US y cuyo crecimiento exige ejecución operativa cada vez más precisa. De ahí el nombramiento de Patricio Molina como nuevo director general, un ejecutivo con amplia experiencia en liderazgo internacional, transformación y gestión de negocios tecnológicos, Su misión será fortalecer la disciplina operativa, escalar capacidades de forma ordenada y asegurar la consistencia que demandan los mercados globales en un entorno económico exigente.
Restando de nuevo… ¿Regular la renta resuelve la crisis o la profundiza?
La resolución de la Corte sobre el tope a las rentas en CDMX reabrió un debate de fondo: ¿puede el control de precios aliviar una presión social sin frenar la inversión que genera nueva oferta? En el corto plazo, la medida representa un respiro para miles de familias que destinan hasta 40% de su ingreso al alquiler. El problema es el mediano plazo.
La experiencia internacional muestra que cuando se limita el precio sin ampliar la oferta, el mercado se contrae o se desplaza hacia esquemas no regulados. Y la capital ya enfrenta un déficit habitacional estructural, en un contexto de mayor demanda por relocalización empresarial y nearshoring. Si el entorno regulatorio se percibe incierto, la reacción natural del desarrollador es frenar proyectos o migrar hacia venta en lugar de renta. Menos oferta hoy es más presión mañana.
Tampoco puede ignorarse que ciertos corredores urbanos vivieron incrementos desproporcionados, impulsados por rentas de corto plazo y modelos orientados al visitante temporal; ahí hubo una contribución real a la gentrificación. La regulación no es un castigo, es un intento por corregir.
La clave no es si debe regularse, sino cómo hacerlo sin inhibir inversión formal y profesional. Modelos de renta institucional, con reglas claras y visión de largo plazo —como los que impulsa University Tower— pueden aportar transparencia y certidumbre. El riesgo no es el tope en sí, sino la discrecionalidad y en una ciudad que necesita más vivienda vertical, frenar la inversión sería un error estratégico.
