Luego de muchos años de construcción y cambios de administración, finalmente fue inagurado el recorrido completo del Tren Interurbano mejor conocido como El Insurgente, el cual unirá Zinacantepec, en el Estado de México, con el Metro Observatorio, en el poniente de la Ciudad de México.
Con una inversión total cercana a 100 mil millones de pesos, El Insurgente fue pensado como un sistema de transporte de primer nivel, con una infraestructura total de 57.7 kilómetros, con siete estaciones, 20 trenes para 719 pasajeros y con accesibilidad universal, con una demanda estimada de 140 mil usuarios.
Hasta ahora, según lo que se ha informado, el Tren El Insurgente lleva, al 30 de enero, 869 días de operación, 15 millones de personas usuarias, con un promedio diario de 22 mil, en sus cinco estaciones activas, de las que Santa Fe y Toluca Centro son las de mayor afluencia.
Sus ocho trenes han realizado más de 14 mil horas de servicio ininterrumpido y 67 mil vueltas, que representan más de 5 millones de kilómetros, convirtiéndose en el transporte más utilizado en la zona.
Esta importante obra de la ingeniería ferroviaria cuenta con 16 trenes en servicio permanente, dos en reserva y dos en mantenimiento, con una velocidad máxima de 120 kilómetros por hora y un promedio de 80 km/h, para eventualmente alcanzar una velocidad máxima de 160 km/h y un promedio de 90 km/h.
Sin duda, este tren, cuyo costo de servicio será de entre 15 y hasta 100 pesos que valdrá llegar de Observatorio a Zinacantepec, reducirá considerablemente el tiempo de recorrido de hasta dos horas y media en otro tipo de transporte a menos de 60 minutos utilizando esta opción. Una buena alternativa para quienes viajan diariamente de la capital mexiquense a la Ciudad de México.
Restando… Venezuela: el fin de la soberanía energética
El alivio parcial de sanciones decretado por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos fue el primer signo inequívoco de que, tras la captura de Nicolás Maduro, Venezuela había entrado en una nueva fase política. No se trató de una medida humanitaria ni de un gesto de buena voluntad, sino de una decisión claramente pragmática: Washington consideró que una vez removido el obstáculo principal (y al parecer el último baluarte del “chavismo”), el país podía –bajo ciertas condiciones– reintegrarse al sistema económico internacional.
En los últimos días los cambios se han sucedido con una velocidad inusual para un país ya acostumbrado a la parálisis institucional. La reforma que permite la entrada de capital extranjero para explotar el crudo, la reapertura del espacio aéreo, licencias para transacciones energéticas y la reaparición de interlocutores diplomáticos dibujan un escenario de normalización acelerada. En el centro de este movimiento se encuentra el petróleo, ya no como símbolo de soberanía sino como instrumento de estabilización geopolítica.
Estados Unidos gana previsibilidad energética, reduce la presencia de actores rivales como Rusia, Irán o China y recupera capacidad de influencia directa sobre un país que durante dos décadas operó como un enclave hostil en el hemisferio.
La nueva cúpula venezolana entendió rápidamente el mensaje. Encabezada por Delcy Rodríguez, su respuesta no ha sido la resistencia ni el heroísmo, sino la adaptación. Las leyes que flexibilizan el control estatal sobre la industria petrolera, la aceptación de mecanismos de supervisión financiera y la moderación del discurso ideológico revelan un poder que ha optado por la supervivencia antes que por la confrontación.
No es una transición negociada desde la fortaleza, sino una reconfiguración de la debilidad: sin recursos, sin legitimidad electoral sólida y con una nación exhausta, el margen de maniobra es estrecho y la sumisión se convierte en táctica.
Este acomodo tiene costos internos. El chavismo que construyó su identidad sobre la defensa del energético como palanca de independencia observa cómo ese pilar se redefine bajo reglas extraterritoriales. La soberanía dejó de proclamarse para administrarse, y aunque el Estado conserva aún la titularidad formal de los recursos, las decisiones estratégicas comienzan a desplazarse donde la supervisión extranjera pesa más que el consenso nacional. Se trata de una subordinación silenciosa, tecnocrática, difícil de cuestionar en una sociedad urgida de estabilidad.
En el plano democrático, la coyuntura es todavía más ambigua. La liberación selectiva de algunos presos políticos y la reducción de la represión más visible contrastan con la ausencia de reformas institucionales profundas. No hay, hasta ahora, garantías claras de elecciones libres, independencia judicial o reconstrucción del sistema de contrapesos. La apertura económica avanza a mayor velocidad que la apertura política, y ese desfase no es producto de la casualidad. La historia reciente demuestra que los mercados toleran gobiernos débiles o autoritarios siempre que sean funcionales; la democracia, en cambio, exige tiempo, debate, conflicto y una cesión real de poder.
Venezuela vive hoy una mejora coyuntural: más oxígeno económico, menos aislamiento y una aparente calma política. Pero esa calma descansa sobre una arquitectura frágil, sostenida por intereses externos y una élite local que gobierna sin mandato claro.
El riesgo no es el retorno inmediato al autoritarismo clásico, sino algo todavía más sutil: la consolidación de un país formalmente normalizado, pero estructuralmente dependiente, donde el poder ya no se concentra en un caudillo, sino en acuerdos que se deciden lejos del voto y del debate público. El anhelado cambio llegó; la pregunta es para quién y cuál es el costo que habrá de tener.
Multiplicando… Invertir en CDMX: cuando la escasez se vuelve la mayor certeza
La narrativa de “es momento de invertir” en bienes raíces se repite cíclicamente, pero pocas veces coincide con tantos factores estructurales alineados como los que hoy vive la Ciudad de México. Lo más relevante del webinar “Claves del mercado inmobiliario en CDMX”, organizado por University Tower, no fue la invitación directa a invertir, sino la lectura de fondo que hicieron Federico Jiménez, de la consultora inmobiliaria 4S Real Estate, y Enrique Téllez, de desarrolladora del parque: estamos frente a un mercado donde la escasez dejó de ser coyuntural y se volvió parte del nuevo orden urbano.
El verdadero motor es demográfico y social. El relevo generacional que encabezan la generación Z y centennials redefine la vivienda vertical como una elección consciente ligada a movilidad, experiencia urbana y calidad de vida. A esto se suma una transformación en la estructura de los hogares: familias más pequeñas, personas viviendo solas y una demanda creciente por espacios funcionales, bien ubicados y flexibles.
En este contexto, zonas como Reforma y el corredor Centro funcionan como un termómetro del mercado porque concentran empleo, servicios y oferta cultural; y algo aún más escaso: inventario. La caída en nuevos desarrollos, los largos ciclos de construcción y la complejidad de los permisos han creado una paradoja urbana: una ciudad que crece en población y demanda, pero que se ralentiza en producción de vivienda.
El mercado de renta es quizá el mejor reflejo de este desequilibrio porque se ha convertido en una respuesta racional ante precios elevados y falta de oferta nueva. Esta dinámica perfila un mercado más segmentado, con productos diseñados para nichos específicos y con una lógica más cercana a la operación de activos que a la simple tenencia patrimonial.
Por eso, el momento actual no debe leerse como una oportunidad táctica de corto plazo, sino como el inicio de un nuevo ciclo inmobiliario. Las tasas pueden bajar, los precios ajustarse y los indicadores moverse, pero el verdadero valor está en anticipar dónde persistirá la escasez. Es apostar por una ciudad que seguirá densificándose, verticalizándose y premiando la ubicación y calidad del producto. En ese sentido, 2026 aparece como un punto de inflexión para quienes entienden que el mercado inmobiliario se gana más por lectura urbana que por timing financiero.
