OPINIÓN LETICIA GONZÁLEZ MONTES DE OCA

Añoranza universitaria

Me aparto a un rincón, buscando refugio bajo el sol de invierno, y la memoria, que se manda sola, se da vuelo.

Créditos: Leticia González Montes de Oca
Escrito en OPINIÓN el

De pronto ya no somos los padres quienes nos preocupamos por la salud de los hijos, sino al revés. Ahora es mi hija quien me lleva a mi alma mater, al módulo de vacunación contra el sarampión.

Entrego mi credencial: blanca, distinta a las demás.

—¿Vienes de la prepa? —preguntan sin levantar la vista.

Sonrío.

—No… ex alumna.

En automático el “tú” se transforma en “usted”.

—¿En qué año nació? 

—En el 68.

—Uy, no… solo vacunamos del 78 para acá.

Foto: Leticia González Montes de Oca

Me aparto a un rincón, buscando refugio bajo el sol de invierno, y la memoria, que se manda sola, se da vuelo.

Un lejano enero. Una isla de ladrillo en medio de un desierto de barro. Ningún edificio alrededor: solo minas y montes de arena que cubrían basureros. Desde los salones se veían, allá arriba, pequeños tractores que iban y venían, reduciendo y aplanando el terreno.

El primer día de clases, un muchacho encantador nos contagiaba su convicción de que Comunicación era la carrera más bella. No dijo la más prestigiada, ni la mejor pagada. Solo, y ahí, la más bella. Era Ramón Zorrilla. Poco después él saldría de un avión en llamas… y regresaría a él al darse cuenta de que había gente atrapada. Allá dejó su vida prometedora, en tierra cubana. Con su historia tatuada en nuestra generación, nacía un héroe que sentíamos nuestro.

El nombre de Paco Prieto ya era leyenda viva que inspiraba admiración aun antes de conocerlo. La clase de Periodismo con Pancho Rodríguez Ezeta era un deleite: imposible olvidar aquel guión de Paddy Chayefsky, “El segundo intemporal”, cuando el tiempo se abría para dejar ver lo que aún no existía. En el cubículo de Nacho Rodríguez conversábamos entre pilas de libros y papeles sobre un boom latinoamericano emergente, ahora firmado por mujeres.

Foto: Leticia González Montes de Oca

Había una sola cafetería, hundida a la mitad de la explanada. Bastaba encontrar la mesa con sombrilla donde hubiera caras conocidas y, entre tazas, fichas de dominó, mochilas, chamarras y libros –el de Phillip Kotler; Asesinato, de Leñero; El nombre de la rosa, con anotaciones a lápiz en la última página…–, instalarnos alternando tertulia y cátedra. Éramos nosotros y nuestra circunstancia.

Nos veo en torno al resplandor del monitor más grande de ese entonces, mirando El acorazado Potemkin con Jaime Ponce. Tomando fotos –con cámaras de rollo, claro– de objetos que asemejaran la forma de las letras de nuestro nombre, esperando luego el acto mágico de la revelación entre charolas, tendederos y el olor a químicos del cuarto oscuro. En el auditorio Sánchez Villaseñor, escuchando y preguntando con libertad y respeto al ingeniero Cárdenas y a Maquío. Tecleando trabajos en máquinas portátiles y entregándolos engargolados, sin internet ni inteligencia artificial ni nadie que anticipara lo que vendría.

Los baños aún no tenían espejos. El estacionamiento era de grava, no de pavimento. No importaba.

Foto: Leticia González Montes de Oca

Recuerdo mi Caribe azul, que atravesaba la ciudad por unas rutas complicadas y eternas, con la pequeña pero orgullosa calcomanía roja de letras blancas en el cristal trasero: uia. Casi puedo ver también los primeros coches de mis amigos.

Tomábamos clase fumando, compartiendo una lata a modo de cenicero. Las sillas que se plantaban sobre el cemento han sido sustituidas por otras, ergonómicas y de colores, con rueditas que se deslizan sobre madera laminada y permiten alcanzar con facilidad el enchufe más cercano.

Aquí, entre la nostalgia, los millennials que platican en torno a mesas tipo picnic e ignoran la futura añoranza, entre edificios corporativos ultramodernos que eran inimaginables cuando no había más que barro, charcos y viejas minas de arena, al lado de recién estrenadas vías elevadas de tren y teleféricos que sobrevuelan esta área en la que antes no había nada, aún resuenan clarísimas las palabras de Ramón Zorrilla. Como si hubiera sido antier.