La caída de Nemesio Oseguera Cervantes “El Mencho” tuvo un alto costo para las fuerzas armadas ya que más de una veintena de efectivos perdieron la vida derivado de la acción encabezada por la Secretaría de la Defensa Nacional, no obstante, el honor militar salió a flote una vez más.
Así lo demostraron las palabras del general secretario Ricardo Trevilla Trejo, quien al ofrecer el pésame a las familias de los elementos caídos en el cumplimiento del deber, con voz entrecortada, mostró una enorme sensibilidad por sus compañeros fallecidos al tiempo en que dejó ver el orgullo castrense de llevar a buen puerto una misión exitosa.
Pocas veces, sino es que nunca, hemos visto a un militar de tan alto rango, prácticamente quebrarse en público al dirigir un mensaje a la nación, lo que para quienes gozan con ver mal al país es oro molido para dirigir críticas vacías, pero en realidad muestra a una persona expresando su calidad humana y dejando en claro que la fuerza del Estado mexicano es más poderosa que cualquier grupo criminal.
No en vano, la presidenta Claudia Sheinbaum, el secretario Omar García Harfuch o la fiscal general Ernestina Godoy externaron su más amplio reconocimiento al trabajo realizado por las fuerzas armadas en esta operación que concluyó con el abatimiento de uno de los criminales más sanguinarios de los que se tenga memoria.
Quien mejor que el Ejército mexicano para cobrar cuentas pendientes a un grupo criminal que ha dejado en el camino a muchos soldados, como aquella vez en que El Mencho pudo escapar a otra operación militar que costó la vida de varios efectivos castrenses que viajaban en un helicóptero que participaba en las operaciones.
Un homenaje para quienes están dispuestos a ofrendar su vida por el bien de la nación, un reconocimiento a aquellas y aquellos que ven en su uniforme el más grande honor de servir a su país, nuestra gratitud para quienes con su sangre derramada buscan la unidad de todo un pueblo.
Dividiendo… Ucrania: cuatro años de una invasión sin desenlace
No se trata de una efeméride más. Hoy justamente hace cuatro años el presidente ruso, Vladimir Putin, anunció una “operación militar especial” en Ucrania que se convirtió, en cuestión de horas, en la mayor guerra convencional en Europa desde 1945. El balance a la fecha es tan crudo como complejo: no hay una victoria clara, pero sí un costo humano, económico y geopolítico de dimensiones históricas. Lo que comenzó como una apuesta por un colapso rápido de Kiev derivó en una guerra de desgaste que ha reconfigurado la seguridad europea y ha puesto a prueba los límites de la disuasión occidental.
Las cifras ayudan a dimensionar la magnitud del conflicto. Diversas valoraciones occidentales sitúan las bajas militares totales –entre muertos y heridos– en varios cientos de miles. Algunas estimaciones hablan de 400 mil bajas rusas, mientras que del lado ucraniano las pérdidas son también extraordinariamente altas, aunque Kiev mantiene bajo reserva muchos datos oficiales. A ello se suman decenas de miles de civiles muertos y más de seis millones de refugiados registrados en Europa, además de millones de desplazados internos. La destrucción de infraestructura energética, industrial y urbana ha generado necesidades de reconstrucción que organismos internacionales estiman en cientos de miles de millones de dólares.
Rusia no logró tomar Kiev ni sustituir al gobierno ucraniano, pero tampoco ha sido expulsada del territorio que ocupa. Mantiene el control de Crimea y de amplias zonas del este y del sur, aproximadamente una quinta parte del territorio ucraniano: el frente se ha estabilizado en largas filas de trincheras, artillería pesada y guerra de drones. Moscú ha adaptado su economía a un modelo orientado al esfuerzo bélico, incrementando su gasto militar a niveles que absorben una proporción creciente del presupuesto federal y redirigiendo el comercio hacia Asia para mitigar el impacto de sanciones financieras sin precedentes. Empantanamiento no significa colapso: significa una guerra larga que drena recursos, pero que el Kremlin considera todavía sostenible.
Ucrania, por su parte, ha mostrado una resiliencia política y militar notable. Ha conservado su condición de Estado soberano, ha fortalecido su identidad nacional y ha desarrollado capacidades tácticas innovadoras. Sin embargo, su margen de maniobra depende de un flujo constante de asistencia externa. En los primeros años del conflicto, Estados Unidos aprobó paquetes de ayuda que superaron los 100 mil millones de dólares en ayuda combinada. Sin ese respaldo, la resistencia ucraniana difícilmente hubiera resultado viable. Con la llegada de Donald Trump, el énfasis norteamericano ha virado hacia la presión diplomática y la búsqueda de negociaciones.
La OTAN, lejos de fracturarse como adelantaban algunos analistas, se expandió con el ingreso de Finlandia en 2023 y Suecia en 2024, ampliando de manera significativa su frontera directa con Rusia. El gasto en defensa europea ha aumentado y ya varios países superan el 2% del PIB. Paradójicamente, la invasión destinada a frenar la expansión atlántica terminó acelerándola.
Cuatro años después, el conflicto se ha convertido más en una prueba de resistencia que en una maniobra. Nos encontramos en una encrucijada en donde no se sabe quién avanzará el próximo mes ni contra quién podrá sostener el esfuerzo durante más tiempo sin “quebrarse” política, económica o socialmente. Las sanciones no produjeron colapso inmediato, pero sí han transformado la economía rusa. Ucrania no ha sido derrotada, pero claramente requiere de la ayuda externa para sostenerse en pie.
Hoy no solo podemos hablar de una tragedia nacional; somos testigos de un orden internacional que ha perdido capacidad para disuadir, negociar e imponer límites. Y eso, quizá, es lo que tendría que tenernos aterrorizados a todos los ciudadanos de este mundo.
Multiplicando… Invertir en bienes raíces en pareja
En México, hablar de amor a largo plazo ya no puede separarse de hablar de estabilidad financiera. En un país donde la informalidad laboral aún representa un reto estructural y donde el acceso a vivienda digna en zonas céntricas se vuelve cada vez más complejo, construir patrimonio en pareja se ha transformado en una decisión profundamente estratégica.
No es casualidad que, según datos de University Tower, la torre residencial más alta de Paseo de la Reforma, cada vez más profesionistas prioricen la estabilidad y el crecimiento patrimonial como parte de su proyecto de vida. Hoy el compromiso está en la capacidad de planear juntos en un entorno económico que exige mayor previsión.
La conversación en las parejas ha evolucionado, porque ya no solo es “irnos a vivir juntos”, sino de preguntarse cómo blindar el futuro ante la volatilidad, el encarecimiento de las rentas y la presión inflacionaria. En ciudades como la Ciudad de México, donde los tiempos de traslado impactan la calidad de vida y la vivienda vertical redefine la experiencia urbana, invertir en conjunto es también una decisión de eficiencia y visión.
No es romanticismo financiero: es entender que compartir riesgos y metas puede acelerar la construcción de activos reales en un país donde la plusvalía sigue siendo uno de los mecanismos más sólidos de crecimiento patrimonial.
Sin embargo, romantizar la inversión en pareja también sería un error. En México, donde más del 50% de los matrimonios terminan en divorcio según el INEGI, la conversación patrimonial debe estar acompañada de claridad legal, acuerdos formales y educación financiera.
Quizá el verdadero mensaje es que el amor contemporáneo en México está dejando de ser improvisado. Hoy las parejas que deciden construir patrimonio están enviando una señal poderosa: que el compromiso también se traduce en estabilidad, visión y disciplina.
Dividiendo… Escrituración: sin certeza jurídica no hay patrimonio
En México, hablar de vivienda es hablar de patrimonio, pero también de confianza. En un país donde millones de personas construyen su patrimonio con esfuerzo —incluso en contextos de informalidad o crecimiento urbano acelerado— la escrituración no es un simple trámite administrativo: es cuando la certeza jurídica se convierte en realidad.
El problema es que, en la práctica, esa certeza suele enfrentar una serie de obstáculos que evidencian una verdad incómoda: seguimos arrastrando rezagos estructurales en materia de orden, registro y cultura legal. La documentación incompleta, las hipotecas no canceladas, los adeudos fiscales o los juicios sucesorios sin concluir no son casos aislados, son el reflejo de cómo hemos normalizado procesos a medias.
En ciudades como la Ciudad de México y otras zonas metropolitanas, donde la dinámica inmobiliaria es intensa y los desarrollos verticales crecen al ritmo de la demanda, también persisten inconsistencias en permisos, subdivisiones o regularizaciones. Lo preocupante no es que existan estos problemas —en cualquier mercado pueden surgir— sino que muchas veces se detectan cuando la operación ya está avanzada, generando incertidumbre, sobrecostos y frustración.
El mayor obstáculo para escriturar no es solo jurídico, sino cultural: asumir que “luego se arregla” o que la revisión legal es un mero formalismo. En un entorno económico donde las familias cuidan cada peso y los inversionistas buscan certidumbre, la dictaminación jurídica previa debería ser un estándar: validar con un notario el estado real del inmueble antes de firmar o entregar un anticipo no solo previene retrasos, protege relaciones, evita litigios y fortalece la confianza en el mercado.
En ese contexto, resulta relevante que comiencen a surgir en México modelos Proptech-Legaltech como Kallify, que buscan acercar la dictaminación jurídica al momento previo de la compraventa y no cuando el problema ya explotó. El mensaje es claro: la prevención jurídica debe convertirse en el punto de partida de cualquier operación inmobiliaria.
