Son las 12:30 del domingo 22 de febrero de 2026. Mientras escribo esta nota, mi querida amiga M. me manda mensajes desde las afueras de Guadalajara. Iba por la carretera rumbo a México, acompañada de sus hijos, cuando estallaron los narcobloqueos. Esta atrincherada en un OXXO, desde donde se ven las columnas de humo.
Los medios de comunicación reportan narcobloqueos y quema de tiendas en Jalisco, Nayarit, Colima, Michoacán, Guanajuato, Zacatecas, Baja California, Oaxaca, Tamaulipas, Aguascalientes y Guerrero. Las noticias son confusas. Tal vez haya exageraciones. Pero, sin duda, la situación es alarmante.
Quizá el gobierno no le haya declarado la guerra al narcotráfico, pero el narcotráfico sí le declaró la guerra al Estado Mexicano y, sobre todo, a sus ciudadanos. La guerra no la declaró el Estado ni ahora ni en tiempos de Calderón. Fue el crimen quien nos declaró la guerra hace mucho tiempo.
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Las presiones de Estados Unidos han obligado al gobierno mexicano a emprender acciones contra los narcotraficantes y éstos reaccionan cada vez con más violencia. No estoy diciendo que la estrategia correcta era cruzarse de brazos y permitir que el narcotráfico floreciera. Al contrario, lo que estamos viendo hoy es resultado de complicidades e inacciones desde tiempo atrás. Dejamos crecer el problema. El cáncer ha hecho metástasis.
Por si fuese poco, en la medida en Estados Unidos detenga el tráfico de drogas a su país, los narcotraficantes buscarán vender su producto en México. Me temo que veremos un incremento del narcotráfico en nuestro país durante los próximos años.
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Pero no sólo eso. Desde hace mucho tiempo, el crimen organizado ha diversificado su cartera de “negocios”: extorsión telefónica, cobro de piso, piratería, contrabando, trata de personas, despojo de bienes inmuebles. El crimen organizado está verdaderamente organizado. Lo he mencionado en otras ocasiones. La extorsión telefónica, por ejemplo, requiere estructuras muy sofisticadas con cómplices en muchos lugares.
El combate al narcotráfico llevará a los criminales a fortalecer otros de sus “negocios”. El crimen organizado también sigue la lógica del mercado. Cuando un nicho de negocio se cierra, hay que explorar otro. No es casualidad que la extorsión se esté incrementado.
Les confieso que no veo un camino de salida. Al comienzo del sexenio, García Harfuch presentó una estrategia de seguridad que consistía en atender focos rojos y proteger cadenas de valor. Me parece que esa es, en efecto, la estrategia correcta. Crear, por así decirlo, “ciudades santuarios” donde los ciudadanos puedan sentirse seguros; crear corredores seguros, es decir, vigilar algunas carreteras especialmente importantes; y, finalmente, proteger algunas cadenas de valor, como la cadena del aguacate o la del limón. Se trata, en el fondo, de seguir la estrategia del alcoholímetro en la Ciudad de México.
Quienes vivimos en la capital de la República sabemos que los alcoholímetros son confiables. No sé de una persona que haya sido retenida injustamente y sabemos también que, si se ha bebido en exceso y se cae en el retén, es prácticamente imposible zafarse ilegalmente de la sanción. En ciertos lugares, el alcoholímetro ha modificado los hábitos de conducción. Se trata de un operativo acotado, constante y transexenal. Sugiero trasladar esa estrategia al combate contra el crimen organizado.
Mientras tanto, les confieso que tengo mucho miedo. Dentro de unos días, un familiar muy querido se irá a trabajar durante un mes a la región minera de Zacatecas, a uno de los municipios más peligroso del país. Hemos intentado disuadirlo, pero “trabajo es trabajo”, nos ha respondido. No es fácil conseguir trabajo hoy por hoy.
@hzagal
(Héctor Zagal, profesor de la Universidad Panamericana, conduce el programa de radio “El Banquete del Dr. Zagal” en MVS 102.5 todos los sábados a las 17:00 y los miércoles a las 21:00.)
