OPINIÓN LETICIA GONZÁLEZ MONTES DE OCA

Pasa la vida

A unos pasos resiste Artículos Ingleses, con sus brochas de afeitar como reliquias y zapatos bicolores para catrines inexistentes.

Aquí la serpiente emplumada muda de piel, pero en cada rincón conserva cicatrices, tatuajes  y marcas de nacimiento.
Aquí la serpiente emplumada muda de piel, pero en cada rincón conserva cicatrices, tatuajes  y marcas de nacimiento.Créditos: Especial.
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— Aquí venía yo al dentista cuando era niña— me cuenta mi madre, mientras me asomo por una rendija que apenas deja ver un pasillo obscuro y un elevador de rejilla, en la calle peatonal Filomeno Mata.

— Aquí, tras esa ventana, estuvo el escritorio de tu abuelo—dice mi padre, señalando un escaparate de ropa cada vez que pasamos por Madero esquina con Isabel la Católica (la reina que de niña creía que se llamaba Isabella y debía ser muy piadosa).

— Aquí había una palmera—, le decimos a nuestros hijos cada vez que pasamos por una glorieta sitiada por vallas grafiteadas.

— Aquí estaba Colón—, repetimos con resignación frente al pedestal tomado por una silueta morada, con la sensación incómoda de haber sido despojados de algo que formaba parte de nuestro paisaje e historia.

Especial.

— Aquí estuvo la juguería más antigua de la ciudad—, me digo al pasar por Palma 413. Solo queda la cortina bajada. Hasta el año pasado ahí despachaba don Amador, cronista de la ciudad, con su pared verde tapizada de fotos taurinas y retratos con periodistas y presidentes, cubriéndole las espaldas.

— Aquí sigue la Palestina—, con sus caballitos de bronce a los que amarraban los caballos verdaderos hasta principios del siglo pasado en un barandal que alguna vez fue malvendido, hallado años después en una cantina como reposapiés y recuperado; con su caballo a escala natural en la vitrina y su olor a cuero; con corazones de papel metálico pegados en el cristal intentando atraer clientes sin demasiada suerte. Cuánto más existirá, pienso, mientras camino por 5 de Mayo.

A unos pasos resiste Artículos Ingleses, con sus brochas de afeitar como reliquias y zapatos bicolores para catrines inexistentes. Las redes han anunciado su próximo cierre.

Especial.

Más adelante permanece el Café La Blanca, con su báscula de museo y su colección de máquinas registradoras que han ocupado la caja desde 1915. Las mesas como antes, con saleros y azucareras; las paredes cubiertas de fotos en blanco y negro de una ciudad que no sabía que iba a desaparecer. El dueño, en la barra, conversa con sus parroquianos -todos de anteojos y pelo blanco-, y resulta imposible no preguntarse qué irá a ser de este lugar.

Donceles y sus librerías, contando sus días. Casa Planas y las demás sastrerías, sin cuerpos que medir. Las iglesias cada vez más vacías. Palabras que se apagan, como Kodak en sus marquesinas rojo y amarillo.

Aquí pasa de golpe la vida. Aquí la serpiente emplumada muda de piel, pero en cada rincón conserva cicatrices, tatuajes  y marcas de nacimiento que revelan, a quien le importe mirar, algo de todo lo que alguna vez fue.