La más pequeña, de coletas diminutas estiradas con goma, permanece abrigada e inmóvil en su carriola, mientras su madre atiende un puesto de periódicos y revistas de nota roja. Los señores mayores repiten la ruta y la rutina de siempre: compran El Universal o La Jornada con fidelidad sagrada para acompañar el primer, el segundo y el tercer café de cada día, en la misma silla alta de la misma barra.
Doblando la esquina, ya cerca de La Lagunilla, se levantan las cortinas metálicas grafiteadas de la calle de las novias, y las banquetas se cubren de espuma blanca y sonidos rítmicos de fibra escobera, mientras mujeres de todas edades lavan con vigor los cinco metros que les pertenecen. Las que tienen su tienda al lado de algún antro, cantina u otra modalidad de ese giro, se esfuerzan más, como si intentaran limpiar las historias, los encuentros y desencuentros, las confesiones y los excesos de las horas cercanas al amanecer. En el cristal del aparador de las crinolinas de princesa, en una zona invadida por chinos y coreanos, un cartel improvisado con una frase simple: No más cierres de negocios. Nadie sabe si es afirmación, imperativo o plegaria, ni siquiera quién la escribió.
Fortachones tatuados empujan en todas direcciones diablitos con torres desmedidas de bultos y cajas como si no pesaran nada, esquivando con giros quebrados cobijas bajo las que vive un humano de mirada extraviada y vida igual, o un haitiano o venezolano que se quedó para siempre, aunque se repetirá hasta el último de sus días que solo está de paso.
El aire se impregna de olor a fritangas que se retuercen agitadas en planchas de aceite que lo igualan todo y hacen comestible hasta las fibras más insospechadas, mientas los banquitos de plástico se van llenando de quienes llegan de lejos sin haber desayunado.
En 16 de Septiembre, a mitad de la calle, José, con apenas ocho años, toca un par de acordes en un instrumento de subsistencia con forma de guitarra. En 5 de mayo un hombre de barba blanca y sombrero lee una partitura que ha fijado a un poste, mientras su violín evoca lejanamente a Vivaldi. Otro avanza a su lado sin detenerse a escucharlo, lleva con prisa escoba, overol y bote rodante de un naranja chillante. Donde nace Madero uno más, de traje y gorro beige, como cuando la Revolución, gira la manivela de un organillo alemán que quisiera llorar y morir de sentimiento; ahí al lado un bolero aguarda, en un mundo de tenis, un par de zapatos opacos que resucitar.
Los frailes de Santo Domingo retiran el Nacimiento a escala natural, el único donde el niño no está en el pesebre sino en los cuidadosos brazos maternos. A dos cuadras, en República de Colombia, un par de hermanas pasa la vida instaladas en sus sillas de palo, con sus “canas de alcanfor adolescente” adornando -es un decir- sus cabezas agachadas, detrás del mostrador de una cerería centenaria.
Los ojos del escribano Maciel van del trajín urbano a su celular: paciente, hasta que algún cliente anote un nombre y apellido en una tarjeta, elija entre distintos tipos de letra y deje un anticipo.
El Toluco, de piel ajada, sonrisa chimuela y franca y sombrero maltrecho de paja, pretende ordenar el caos entre motos, bicitaxis y autos alrededor de la plaza de la Soledad, ejerciendo el papel de gestor del espacio urbano, urbanísimo, que nadie le pidió adoptar.
A unos metros, una casi niña obligada a dejar de serlo, con gesto de hastío medio baila con un desconocido bajo un toldo amarillo de tres metros cuadrados convertidos en algo que pretende pasar por un bar. El desconocido se regala la ilusión de que invitó a bailar a una muchacha y ella aceptó. Es viernes, pero el escenario, el entorno y todo alrededor, la música y las micheladas, tiene un toque definitivamente artificial. Sus compañeras, con el pelo pintado de rosa o de azul, con faldas imposibles o shorts ajustados, esperan al siguiente embajador de su tragedia personal en Circunvalación, bajo una sombrilla mal atada a la reja verde, protegidas al menos de los rayos del sol.
Todo se repite cada día como si se tratara de un guión bien ensayado, con los mismos personajes aunque el elenco vaya cambiando, en ese espacio, que por mucho que sufra variaciones sigue siendo por siempre el mismo lugar.
Como todos los días a las diez de la mañana, mañana todo será igual.
