OPINIÓN SERGIO ALMAZÁN

¡Sigue siendo el Rey!

José Alfredo no pasa de moda, como sus canciones que adquieren nuevos y profundos significados emocionales.

Se cumplirán 100 años del natalicio de José Alfredo Jiménez.
Se cumplirán 100 años del natalicio de José Alfredo Jiménez.Créditos: Cuartoscuro
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El próximo 19 de enero, se cumplen 100 años de nacimiento del poeta mexicano de la desolación marginal, la que se resuelve en el rincón de la cantina, en la autoproclamación del perdedor orgulloso y encuentra en la intimidad emocional colectiva a su hijo pródigo José Alfredo, el Jiménez sale sobrando porque para los mexicanos, es el tutor de todos y todas por ello el apellido es ocioso. 

José Alfredo no pasa de moda, como sus canciones que adquieren nuevos y profundos significados emocionales. A 100 años de su nacimiento, el poeta catártico de las, les y los mexicanos está más vigente y clásico en la playlist de nuestra educación sentimental. Y esa grandeza se debe porque supo apropiarse y a la vez, interpretar el dolor del México profundo, ya fuera como corrido, vernácula o ranchera, conoció la vena sentimental que describe el querer del enamorado, del discurso pasional sin tregua ni frenos. 

Es tan nuestro porque supo ponerle voz a nuestras declaratorias, basta cantar: Vámonos donde nadie nos juzgue/ o invitar sin pudor al anónimo a sufrir iguales: “tómate esta botella conmigo y en el último trago nos vamos”. Es tan imprescindible su canto como inmortal su presencia porque nos dio al jinete que cabalga por las ciudades, por un mundo raro y morimos iguales. Y es a partir de esta autodescripción enorgullecida del perdedor en la apuesta del corazón que el título se hizo mote artístico, autodefinición colectiva, expresión y destino de los cómplices del orgullo entre los marginales en la ruleta de las pasiones, llamarlo así, nombrarse para sí: El Rey. Por algo, el cronista popular Carlos Monsiváis advertía que José Alfredo es una especie de filósofo urbano de la cantina, sus canciones sean rancheras, boleros, corridos, huapangos o vernáculas, sintetizan la complejidad cuasi freudinana de los sentimientos contradictorios del enamorado perdedor. Cada una de las más de 300 canciones registradas, son el cancionero del mexicano, donde se reflejan las heridas, los conjuros, las sentencias, los ruegos, las tragedias, los campos áridos de las sombras dolosas del enamorado, el soliloquio con el tequila que mejor supo confesarle la profunda verdad del dolor sin concesiones. Porque en sus letras están las leyes determinantes del querer, no hay tibiezas  ni dudas, son sentencias y exterminio: “Si te acuerdas de mí/ no me menciones/ porque vas a sentir amor del bueno”. O basta cantar: “Cuando al fin comprendas que el amor bonito lo tenías conmigo/ vas a extrañar mis besos en los propios brazos del que esté contigo”. Duele y dignifica la rendición y la pérdida porque para el mexicano el amor como el dolor se mete a la médula, se carga con todo el cuerpo y contiene información genética emocional. Por ello, José Alfredo no tiene apellido, es necio pretender bautizarlo, es de todos y de cada uno que sufre, declara, confiesa, conjura, llora y canta las canciones de Jiménez, pero dialoga con el compañero de desdichas. En consecuencia, no tiene edad, temporalidad ni caducidad. Se trata del rey inmortal, eterno, permanente.

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