OPINIÓN LETICIA GONZÁLEZ MONTES DE OCA

Cuatro horas en el Centro

Uno traza un mapa mental y acaba pasando por donde jamás imaginó, encontrándose con personajes y situaciones impensadas, como si el destino mandara.

Entramos al Templo de Santa Inés: austero, el Santísimo expuesto, el nacimiento, el piso ajedrezado.
Entramos al Templo de Santa Inés: austero, el Santísimo expuesto, el nacimiento, el piso ajedrezado. Créditos: Especial.
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Imaginaba el Centro tranquilo, ya pasada la noche de Reyes, la de mayor bullicio y gentío en la zona, entre que se deja todo para la última hora y que no hay dónde guardar los triciclos fuera de la vista de los niños.

El plan era conocer la Antigua Academia de San Carlos, en la calle del mismo nombre, esquina con Moneda: ver a la Victoria Alada de Samotracia presidiendo el majestuoso patio e imaginar los bailes que alguna vez ocurrieron ahí, con invitados jugando a la libertad por unas horas ocultos tras máscaras elaboradas, como de carnaval veneciano, bajo el domo de hierro y cristal Art nouveau de la primera mitad del siglo pasado. En las orillas, Zeus y la Venus de Milo sin manos; desde lo alto, el rostro perfecto del David. Réplicas exactas que permiten admirarlos sin cruzar el océano.

Al salir, cómo no desviarnos unos metros hasta el Museo José Luis Cuevas, al menos para saludar a La Giganta, la escultura de bronce de ocho metros que custodia el lugar desde hace más de treinta años. Después, seguimos la ruta que marcaba el celular para llegar caminando al restaurante Al-Andalus.

Entramos al Templo de Santa Inés: austero, el Santísimo expuesto, el nacimiento, el piso ajedrezado. Nuestra bandera a los pies de la Guadaupana, y en las alturas, un órgano abandonado. Una o dos personas en las bancas. Y un letrero en la puerta que advierte: no hay misas ni sacramentos hasta nuevo aviso, pero puede pasar a orar.

Especial.

Recorrimos la calle de Jesús María; con sus mercerías y rollos de telas casi en la banqueta, mientras los perros de casa, enfundados en trajes floreados, se pasean modelando.

Compramos aguacates a un precio increíblemente bajo a un venezolano que empujaba una carretilla con la mercancía, ajeno al jaleo de Maduro y Trump en las primeras planas.

En la esquina con Carranza, ya en los linderos del barrio de La Merced, apareció la Casa de la Manita, con su mano de piedra incrustada en la fachada. Cuenta la leyenda que es la secuela de la mano cercenada a un raterillo hace unos trescientos años para que escarmentara.

Finalmente llegamos a la calle de Mesones. El restaurante ocupa la planta alta de una casa del siglo XVII. Pedimos el plato árabe —una degustación de la carta— y una botella de vino, mientras desde el balcón observábamos el trajín de la calle, frente a la cerería La Divina que ha sobrevivido más de un siglo vendiendo cirios artesanales para templos y veladoras de todos los santos imaginables.

El regreso fue por la calle de Talavera, donde fabricaban cerámica en la época prehispánica, atiborrada de locales que venden Niños Dios y su ropita exhibidos en vitrinas y a media calle: el Niño de la alegría, el de la sanación espiritual, el de la sabiduría; el del perdón, el de la prosperidad, el de la armonía y la piedad. Chambritas, trajes del Sagrado Corazón, de Juan Dieguito, de San Juditas. Verstidos de médico cirujano, de rey con cetro y corona, de futbolista de todas las aficiones. Morenitos y blanquitos, de ojos miel o azul turquesa. Listos para ser llevados, en brazos y emperifollados, al templo el Día de la Candelaria.

Uno traza un mapa mental y acaba pasando por donde jamás imaginó, encontrándose con personajes y situaciones impensadas, como si el destino mandara. Eso es lo bueno: perderse, pero bien.

En el Centro, sí, pero en la vida.