Entre humo de cigarro y botellas vacías, la Femme Fatale se presenta. Mon, acompañada por el piano de algún bar de jazz, nos seduce con los relatos de un tiempo pasado, materializado en un mundo aún más antiguo, como una película noir de principios del siglo XX. Ella no busca lástima ni admiración; a diferencia del estereotipo, la femme fatale de Mon se autoflagela por ser tan libre; nunca destruyó a nadie que no quisiera serlo. Es sólo ella y nadie más.
Mon Laferte presenta su noveno álbum de estudio, “Femme Fatale”, en el que explora los límites emocionales y estilísticos de un arquetipo tan abusado, con el fin de redimirlo a la luz de un mundo que se dice más “abierto y progresista”. Una mujer que sufrió por disfrutar de su placer, adicta al amor, pero libre de sentir y vivir a su manera.
Junto a Nathy Peluso, Mon crea una reversión de “La Tirana” de La Lupe, en la que ambas mujeres narran sus cuitas de amor, entre tragos, risas y uno que otro reproche. Les dicen peligrosas, pero sólo porque saben qué desean en el amor… y nadie se los da. Sus voces bailan al son del bolero, porque sólo ellas entienden la carga de ser mucho corazón, mucha vida para cualquier hombre.
El amor le ha jugado mal a esta femme. En “Veracruz”, Mon rememora un amor perdido, entre los paisajes sepia de una playa. El lamento de Mon se expande más allá del tiempo, que se distorsiona en auto-tune, como si la desgracia estuviera anunciada desde el futuro. Siempre estuvo en sus canciones, hasta en la icónica “Tu Falta de Querer”, como un asesino oculto entre las sombras del corazón, que a sangre fría desgarró la voz de Mon, entre coro y verso.
Sin embargo, “Esto es amor”, un abrazo íntimo de entrega total, sin juicios ni futuro. Mon lleva a la femme del vacío total a la plenitud de una cama ardiente, donde los cuerpos se mueven con la ternura del tresillo y estallan con el clímax del sax.
Mon desarrolla por completo el personaje de la femme de manera que parece atemporal, con sonidos que transportan a un mundo de película, suspendido en el eternidad. Al mismo tiempo, los relatos dotan al arquetipo de un nuevo significado: una mujer peligrosa por ser libre de vivir su cuerpo y corazón a su gusto; que sufre y ama con pasión, sin miedo a ser juzgada, mas que por ella misma.
Mon se mira desnuda en el espejo; ha cambiado. Las voces del pasado que dieron vida a la femme fatale, quizá deberían quedarse ahí. No la odia ni la ama, es parte de su vida como las cientos de facetas en cada canción. Ahora desea una “Vida Normal”, donde el amor se siga sufriendo, ya sea como hija, amiga o madre. Adiós a la femme fatale de cabaret, bienvenida la mujer fatal de la cotidianidad, la que encuentra algo de belleza en las manchas del mantel y libertad en la rutina: que vive libre a su maner
