HÉCTOR ZAGAL

Angeles vs demonios: Navidad mexicana

Quien asista en estos días a una pastorela sabrá que la fórmula sigue funcionando: pastores perdidos, diablo miedoso, ángel luminoso… y ponche al final

Sobre la tradición mexicana de las pastorelas, escribe Héctor Zagal.
Sobre la tradición mexicana de las pastorelas, escribe Héctor Zagal.Créditos: Canva
Escrito en OPINIÓN el

A José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), mejor conocido como “el Pensador Méxicano”, le habrían divertido las pastorelas modernas. Lo imagino sentado en la primera fila de un auditorio escolar, viendo entrar a un pastor con tenis fosforescentes, a un diablo con cuernos de diadema y ‘brillitos’, a un ángel con alas de cartulina y tenis blancos “para no resbalarse”.

El libreto sigue hablando de Belén, pero se cuelan chistes sobre el tráfico, las tareas en línea y el Wi-Fi que nunca funciona. Hay mamás y papás grabando con el celular, maestros tratando de que alguien diga sus líneas completas y un Niño Dios que aparece, como siempre, en los últimos minutos para poner seriedad donde antes hubo pura risa y desorden pastoril.

Hace dos siglos, el mismo Lizardi escribía Pastorela en dos actos (1817), obra que después recibiría el título más vendible de La noche más venturosa. No se trataba de un pesebre solemne, sino de un “cuadro pastoril” en verso, con personajes de nombres típicos: Bato y Gila, Bras y Menga, Bartolo y compañía. Los primeros versos son casi de comedia de situación: Bato exige cenar “ensalada, revoltijo, coliflor, buñuelos, fruta, alfajor… y ocho cuartillos de vino”, mientras Gila le recuerda que sólo hay olla de migas y un presupuesto franciscano.

La noche más venturosa condensa, en clave ilustrada, siglos de pastorelas. Viene de aquella tradición que empezó con los misioneros del siglo XVI que usaron pequeños dramas con pastores para evangelizar “a los naturales”. Pero Lizardi, hombre de Ilustración, rehúye a la devoción efectista: en su versión, el diablo no es la estrella del show, y el énfasis recae en la adoración al Niño Dios más que en las diabluras.

Luzbel, incluso, aparece miedoso, casi ridículo; el ángel es quien lleva la batuta. Es como si Lizardi nos dijera: “Diviértanse, sí, pero no conviertan al demonio en influencer”. En el fondo, el Pensador Mexicano está ajustando el foco: el mal hace ruido, pero no manda. Puede hacer reír, asustar un poco, tentar a los pastores, pero termina relegado al papel de comparsa. La luz, en cambio, habla menos y decide más. Y el público, entre carcajadas y villancicos, aprende la lección sin que nadie le ponga delante un tratado de teología moral.

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La noche más venturosa es hija de las pastorelas tradicionales: pastorcitos hambrientos, chistes sobre gula y tacañería, tentaciones discretamente moralizadas y un desenlace donde la verdadera protagonista es la Navidad, no el lucimiento del villano.
Como buen ilustrado, Lizardi aprovecha para dar sus pellizcos a los vicios de siempre (la avaricia, los celos, la pereza), pero envueltos en rimas, cantos y una fiesta que, al final, termina en ponche y tamales. Quien asista en estos días a una pastorela sabrá que la fórmula sigue funcionando: pastores perdidos, diablo miedoso, ángel luminoso… y ponche al final (de preferencia, con piquete).

Si la quieren ver en escena, pueden ir al Museo Casa del Risco este jueves 18, viernes 19, sábado 20 y domingo 21 de diciembre. El lugar, con su maravillosa fuente barroca, es cautivador, en el corazón de San Ángel, CDMX. La puesta en escena está a cargo de la Compañía Fenix Novohispano.

(Héctor Zagal y Luis Manuel Gómez Hernández, coautores de este artículo, conducen el programa de radio “El Banquete del Dr. Zagal” en MVS 102.5 FMD todos los miércoles a las 21:00 y los sábados a las 17:00 y son profesores de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana).