OPINIÓN LETICIA GONZÁLEZ MONTES DE OCA

Día de las librerías

Sé que estoy destinada a perder horas y estropear felizmente itinerarios al encontrarme con inesperados montones de portadas, títulos y ese incomparable olor a papel y tinta nueva.

Créditos: Freepik / Leticia González
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Se celebra el 11 de noviembre desde hace catorce años, gracias a una iniciativa española para reivindicar estos espacios sagrados donde la cultura encarna en papel, que siguen en pie dando la batalla con enormes esfuerzos frente al acecho de la vida digital.

La primera librería que recuerdo estaba en el centro comercial El Relox, en Insurgentes. Era una parada fija después de nuestras clases de natación y gimnasia en Aquarama, justo enfrente. El dueño era un hombre centroamericano culto que, fiel a su personaje, entre cliente y cliente se abstraía leyendo un par de párrafos del libro que dejaba abierto en cualquier lado para atender a alguien.

Cuando abrió Perisur, instaló su changarro en un hueco triangular, estrecho e incómodo, pero visible y bien ubicado, bajo una escalera eléctrica. Conservo una antigua edición de Los recuerdos del porvenir que mi mamá compró ahí por $10,900 pesos de los de antes.

Luego estaban las de Coyoacán, como El Sótano, con sus mesas repletas de libros en la banqueta.

Foto: Leticia González

De Gandhi lo que más me gusta es su genial publicidad; todos “los Péndulos” me encantan, por el placer de comer flanqueada por sus anaqueles; la Rosario Castellanos —donde alguna vez estuvo el cine Lido, después Bella Época—, con su techo-vitral iluminado que es una obra de arte. De Porrúa me quedo con la hermosura de su sucursal Chapultepec, con vista al mar… bueno, al lago; seguida de la de la calle de Argentina, con su terraza-restorán y su magnífica vista al Templo Mayor. Y un lugar de la Mancha, que es casi un museo. Ah, y la enorme Carlos Fuentes, en Guadalajara, con la recreación del estudio de Arreola cerca de la entrada.

Me habría encantado conocer la Librería de Cristal —que evocaba al palacio de Cristal del parque del Retiro, en Madrid- en la Alameda. Mis papás me cuentan de su pérgola. Fue demolido en 1973: un atentado al patrimonio cultural ordenado por Echeverría.

De las librerías de viejo, conozco las de Donceles, donde me estaba esperando Asesinato, de Leñero, que presté y nunca volvió a mis manos; las de la calle Matamoros, en Aguascalientes, donde se me quedó grabada la vocecita de un niño de ocho años pidiendo La Odisea; y las de Tokio, a donde no iba por títulos, sino por los ancianos de rostro apacible sentados entre montañas de ideogramas. En la parte baja de Manhattan está Strand, de cuatro pisos, donde hombres y mujeres muy mayores hacen fila —una cuadra entera— con cajas de libros para vender al área de segunda mano.

Quizá la librería más hermosa en la que haya estado es El Ateneo, en Buenos Aires. Hace cien años fue teatro: conserva su arquitectura, los frescos en la cúpula y su majestuoso telón de terciopelo rojo. En ese mismo recinto un diplomático mexicano intentó llevarse una biografía sin pagar, un escándalo y una vergüenza.

Foto: Leticia González

En Barcelona, ninguna como La Central del Raval, en un edificio de piedra que fue convento en el siglo XVI, donde no venden ni best sellers ni libros de autoayuda. Y todas, todas en el Día de Sant Jordi, adornadas con rosas, donde mi hija —a sus diez años— opinó que era injusto que los hombres recibieran un libro y las mujeres sólo una flor.

Foto: Leticia González

En Sídney perdí —o gané— un día completo en una librería que parecía más bien una tienda departamental.

Por fortuna, aún me faltan muchas por visitar; es la mejor manera de mantenerlas vivas.

Sé que estoy destinada a perder horas y estropear felizmente itinerarios al encontrarme con inesperados montones de portadas, títulos y ese incomparable olor a papel y tinta nueva. Y sé que inevitablemente seguiré comprando más libros de los que podré leer.

Desde una repisa me acompañan, como una constancia de que siempre habrá historias, ideas, vidas que descubrir. Como un recordatorio de que todos los mundos, universos, sueños, realidades, que las palabras, sumadas, conjugadas y acomodadas distinto, pueden crear. Como una promesa silenciosa de que el futuro, incluso en esta realidad caótica, todavía puede ser un lugar que puede convertirse, al menos por un rato, en algo parecido a la felicidad.