HÉCTOR ZAGAL

Miedo a lo desconocido

No se puede evitar sentir miedo o extrañez por lo desconocido. Está bien hacerlo. Pero enfrascarnos en esta mirada negativa no nos llevará a ningún lado.

El ser humano por naturaleza tiene miedo a lo desconocido.
El ser humano por naturaleza tiene miedo a lo desconocido. Créditos: Foto: Especial
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¿Y si un día aterrizara en el zócalo de la CDMX una nave extraterrestre y de ella saliera un grupo de alienígenas? ¿Qué creen que pensarían de nosotros? ¿Les pareceríamos bellos? ¿Les causaríamos repulsión? ¿Nos tendrían miedo? ¿Seríamos motivo de sorpresa o simplemente entenderían que somos seres naturalmente distintos a ellos y aceptarían con normalidad nuestra rareza? ¿Saldrían de su nave y le preguntarían a la policía si se pueden estacionar ahí?

Les apuesto que se imaginaron la mayoría de estas reacciones, excepto una: la última. Es lógico. ¿Quién en su sano juicio no sentiría siquiera asombro al toparse con un ser novedoso?

Seguramente, nuestros visitantes, con sus dos antenas y sus tres ojos, nos mirarían extrañeza. ¿Cómo pueden ver estos seres raros que sólo tienen dos ojos en la cara? Seguramente los tonos de nuestra piel le disgustarían. Estos alienígenas tienen la piel verde esmeralda y son completamente lampiños. Probablemente les repugnaría el cabello en nuestra cabeza. Quizá, también, les cause gracia que nos autonombremos “homo sapiens”, “el hombre que sabe”, aunque nunca hayamos sido capaces de viajar a la velocidad de la luz. ¿Y nuestra alimentación? ¿Por qué los hombres se alimentan de maíz y trigo si en sus ciudades abundan ratas deliciosas y y exquisitas cucarachas?

Si es que existen seres de otra galaxia, dudo que sepan cómo somos los seres humanos. Así como nosotros fantaseamos sobre su apariencia, ellos también fantasearían sobre la nuestra. Al no saber nada de ellos, los recreamos con base en lo que sí conocemos. Por eso muchos alienígenas son antropomorfos y tienen pieles semejantes a los reptiles.

En el imaginario popular, muchos alienígenas son hostiles. Los percibimos como una amenaza para el ser humano. Lo desconocido produce dos emociones: curiosidad y miedo. Sentimos tales emociones incluso frente a individuos de nuestra misma especie.

Hasta cierto punto, es natural que nuestras reacciones sean así. El instinto de supervivencia detona el recelo ante lo desconocido. Todos lo vivimos en la pandemia de Covid-19. Nos enfrentamos a un virus que nadie conocía. Al inicio, no sabíamos bien a bien cómo se contagiaba. El miedo nos dominaba. No había vacunas. La propagación masiva, los millones de muertes y la desinformación congelaron el mundo.

Pero con el tiempo, fuimos aprendiendo. Supimos que el cubrebocas, la sana distancia y lavarse las manos evitaban la propagación del virus. Gracias a investigaciones y estudios científicos, se fabricaron las primeras vacunas y con ello logramos minimizar la gravedad de la enfermedad.

El temor antes lo desconocido es espontáneo. Pero hay que moderar esa emoción. No hay que rechazar a una persona o a un pueblo porque es diferente de nosotros. El conocimiento es la mejor manera de domesticar el miedo

¡Atrévete a saber! Sapere Aude!

@hzagal

(Héctor Zagal y Óscar Sakagichi son co-conductores del programa “El Banquete del Dr. Zagal”)