“Claudia, escucha: si no puedes renuncia”, fue el grito de rabia de las mujeres que llenaron la plaza del Zócalo capitalino para mostrar su hartazgo ante la violencia pública y privada, los feminicidios, las agresiones sexuales y desapariciones que diariamente se viven en el país.
Nuevamente la Marea Violeta se apropió en manada de las calles de la ciudad y del país y las llenó de flores, de música y denuncias contra las agresiones que padecen. Caminaron de manera pacífica entre bailes y reclamos.
Entre ellas, frente a Palacio Nacional, cortó el aire el grito: “Váyanse al carajo”, que emitió José Luis Castillo, papá de Esmeralda Castillo desaparecida desde hace 16 años, quien reclamó a las autoridades que en lugar de buscar a las mujeres desaparecidas se dediquen a organizar conciertos. “Este hombre sí nos representa”, gritaban en apoyo mientras él lanzaba diamantina rosa, que es su símbolo de búsqueda.
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Frente al templete donde hablaba de la lucha de miles de familias que buscan a sus desaparecidas o que reclaman justicia ante feminicidios y otras violencias, mujeres comunes, otras encapuchadas y vestidas de negro golpeaban las vallas que una vez más fueron colocadas para “protegerlas” de ellas mismas, según dijo la presidenta.
Otra vez fuego, otra vez los martillos contra estas paredes de hierro que resguardaban a policías que buscaban contenerlas con humo de extintores, otra vez otro 8 de marzo de sacar la rabia, de denunciar, de apoyar, de creer que la revolución feminista puede cambiar sus vidas.
