Hace dos días me practicaron una iridotomía láser. Es un procedimiento sencillo, pero mientras apoyaba la barbilla intentando no moverme y hacía caso a las instrucciones de mi oftalmóloga –mire aquí, no parpadee– pensaba en que muchas veces el cuerpo nos enseña de anatomía cuando lo necesitamos. Uno pronto descubre que lleva toda la vida usando los ojos sin recordar cómo funcionan.
Gracias a las clases de biología y anatomía sabemos del iris, la pupila, la córnea, la retina, el nervio óptico. Conocemos su funcionamiento, pero no es hasta que un día la oftalmóloga explica ángulos, presión intraocular, humor acuoso y riesgo de cierre, que advertimo valor el sistema nervioso y, por qué no, el sistema educativo. Porque en la secundaria y la preparatoria se aprende –o se debería aprender– a no vivir como inquilinos ignorantes de nuestros propios cuerpos. Es profundamente tranquilizados entender y poder seguir las explicaciones de una cirugía.
Ahora bien, así como conocer la naturaleza del cuerpo es elemental para conservar la salud física, conocer la naturaleza del dinero suele ser elemental para conservar la salud financiera personal. Lamentablemente no es extraño encontrarse con que las instituciones educativas le están fallando a los egresados de preparatoria. Los jóvenes salen a la vida adulta sin entender qué es el interés compuesto, cómo funciona una deuda, por qué una tarjeta de crédito no es una extensión generosa del salario ni qué significa ahorrar antes de gastar.
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No hace falta convertir a los adolescentes en corredores de bolsa ni en pequeños ‘lobeznos’ de Wall Street, igual que tampoco hace falta que, para entender el desarrollo de un glaucoma lo más relevante no es el conocimiento técnico del médico, sino conocer los síntomas y un mínimo entendimiento del funcionamiento ocular. Deberíamos asegurarnos de que entienden lo básico. Pensemos en cómo el desconocimiento de la tasa de interés puede cambiarle la vida a una persona, casi siempre para mal.
La ignorancia financiera se parece en algo a la ignorancia anatómica. Mientras todo funciona, no se nota. A uno le basta saber que el cuerpo aguante y el dinero alcanza. Pero tarde o temprano llega el dolor, la hipertensión o el estado de cuenta y ahí descubrimos que la naturaleza, tanto del cuerpo como del dinero, no le bastan nuestras buenas intenciones. Educar es anticipar.
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Y si algo deberían enseñarnos la biología y el interés compuesto es justamente eso: la vida cobra intereses. A veces en salud, a veces en liquidez. Más vale aprender temprano cómo funciona el sistema antes de que un láser, un médico, o el buró de crédito nos lo expliquen con claridad.
***Héctor Zagal y Luis Manuel Gómez, coautores de este artículo, conducen el programa de radio “El Banquete del Dr. Zagal” en MVS 102.5 todos los sábados a las 17:00 y los miércoles a las 21:00. Ambos son profesores de Filosofía en la Universidad Panamericana
