OPINIÓN HÉCTOR ZAGAL

Recuerdos de mi padre

Mi padre vino al mundo en un México que hoy parece remoto, un país de patios compartidos, de puertas abiertas, de niños que aprendían pronto que la vida exigía esfuerzo.

Jesús, nació en una vecindad muy pobre de Santa María la Ribera, en la Ciudad de México.
Jesús, nació en una vecindad muy pobre de Santa María la Ribera, en la Ciudad de México.Créditos: Héctor Zagal
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Mi padre, Jesús, nació en una vecindad muy pobre de Santa María la Ribera, en la Ciudad de México. Una vez me llevó a conocerla.

Cuando yo era niño, me explicó por qué me habían nombrado “Héctor”. Me habló del príncipe troyano que descendió de las murallas para defender a su ciudad, a su esposa y a su hijo. Y me dijo que yo también debía ser valiente como Héctor, y que la valentía es compatible con el miedo, como el miedo que sentía Héctor al enfrentar a Aquiles.

Aquella conversación fue mi primer contacto con la Ilíada. Yo todavía no sabía leer.

Mi padre vino al mundo en un México que hoy parece remoto, un país de patios compartidos, de puertas abiertas, de niños que aprendían pronto que la vida exigía esfuerzo. Su infancia fue muy pobre. De niño, trabajó vendiendo cigarros y dulces en una carpa, lugares de entretenimiento que hoy ya no existen. Ahí vio actuar a Palillo, aquel cómico popular que convirtió la sátira política en espectáculo.

Estudió en escuelas públicas donde hizo amistades que conservó durante años. Más tarde ingresó al Instituto Politécnico Nacional para estudiar ingeniería, gracias a una beca. Como muchos jóvenes de su generación, se sintió atraído por las ideas de izquierda. En la biblioteca de mi casa estaban Lenin, Mao, Marx, Engels. Votaba por el Partido Comunista cuando hacerlo era poco menos que una declaración de principios, pues ni siquiera contaba con registro legal.

La vida, sin embargo, suele llevarnos por caminos inesperados. Con los años regresó al catolicismo de su infancia y se convirtió en un hombre profundamente piadoso. No abandonó su preocupación por la justicia social, pero las contempló desde otra perspectiva. Conservó siempre una vida interior intensa, aunque rara vez hablara de ella.

Tenía una admiración sincera por la cultura francesa. Estudió francés en el IFAL, el Instituto Francés de América Latina, y me transmitió ese amor por Francia. Gracias a él conocí la poesía de Paul Valéry y leí por primera vez El cementerio marino. También me enseñó a apreciar los quesos franceses cuando todavía eran una rareza en México. Le gustaba el vino tinto, pero el presupuesto familiar obligaba a sustituir las etiquetas importadas por opciones más modestas.

Trabajó en una fábrica de bulbos eléctricos. Cuando los bulbos dejaron de utilizarse, la empresa quebró. Después levantó un pequeño taller de tornos donde fabricaba engranes para Pemex. Era un trabajo especializado, fruto de años de experiencia. Un día Pemex dejó de comprar. Sin explicaciones suficientes. Sin transición. Como tantas veces ocurre en México, una decisión lejana modificó de golpe la vida de quienes dependían de ella.

Cuando decidí estudiar filosofía no ocultó sus reservas. Le parecía una profesión incierta y poco práctica. Con el tiempo cambió de opinión. No sólo aceptó mi decisión: me apoyó. Ese respaldo anímico y económico significó mucho para mí.

Era un hombre serio y reservado. Disfrutaba unas buenas carnitas y una cuba preparada con ron Bacardí blanco y unas gotas de limón.

Murió hace algunos años. Le debo buena parte de mi formación intelectual y moral. De él aprendí la disciplina del trabajo, el gusto por la lectura, la curiosidad por otras culturas.

Pero mi padre no fue únicamente mi padre. También representó un México que ha ido desapareciendo. El México de la movilidad social construida a fuerza de estudio y sacrificio. El México de las escuelas públicas que abrían horizontes. El de quienes podían pasar de una vecindad a una vida digna gracias al trabajo. El de los talleres mecánicos que abastecían a la industria nacional. El de las discusiones políticas apasionadas y las convicciones profundas. El de los hombres que hablaban poco, cumplían mucho y encontraban en la cultura una forma de ascenso espiritual.

Cuando pienso en él, pienso también en ese país. Ambos pertenecen ya a la memoria. Y ambos me hacen falta.

 

***Héctor Zagal es conductor del programa de radio “El Banquete del Dr. Zagal en MVS 102.5 y profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana.